lunes, 16 de septiembre de 2013

LA CASA DE LA PAJERÍA Y SUS CIRCUNSTANCIAS (3: UN PATIO DE ALCORZA QUE ES METÁFORA DEL DEBER CUMPLIDO)

En 1575 entraba la sexagenaria Teresa en Sevilla, la mayor metrópolis de España, en compañía de seis monjas y algunos ayudantes. Había viajado, enferma y delicada, por obediencia a su superior, el visitador fray Jerónimo Gracián, que había ido a buscarla a Beas de Segura para persuadirla de fundar en la antigua Híspalis.

Y llevaba el peso moral de la denuncia que la despechada princesa de Éboli había hecho a la Inquisición por la autobiografía teresiana. No olvidemos que los alumbrados, que habían aparecido en Castilla, seguidores de la corriente iluminista europea, creían en el contacto directo con Dios mediante visiones y otras vivencias místicas y, además, ponían por escrito sus experiencias, todo lo cual, por supuesto, preocupaba a la Inquisición, que además recelaba de que la austeridad predicada por la abulense estuviera próxima al protestantismo.

Ciertamente, la profunda reforma teresiana del Carmen Descalzo había iniciado un nuevo estilo de vida religiosa contemplativa a imitación de los primeros eremitas del Carmelo. Tampoco a los carmelitas calzados les gustaba la iniciativa.

Teresa no encontró facilidades en Sevilla. Se lamentaba de que esta urbe no tenía “aparejo de fundar” pese a ser tan “caudalosa” (1). Y por otra parte las buenas palabras iniciales del arzobispo, don Cristóbal de Rojas y Sandoval, no se confirmaron en la práctica a la hora de la verdad, tal vez por haber tenido conocimiento del proceso inquisitorial.

Aun así, superando esta constante oposición, además de otras dificultades, en ese mismo año de 1575 fundó Teresa el monasterio sevillano de San José de monjas carmelitas, undécimo de la Orden, en una casa alquilada por el fray Ambrosio Mariano en la calle de Armas, actual Alfonso XII. Fray Ambrosio Mariano de Azaro de San Benito, carmelita de origen napolitano que había intervenido como ingeniero militar en la batalla de San Quintín (2), tenía el encargo de visitar y reformar los conventos carmelitas de Andalucía, junto con fray Jerónimo Gracián.

Pero las monjas no estaban bien en este lugar, pequeño y húmedo, en el que se encontraban en precario, en todos los sentidos.

Tenía Teresa un hermano, Lorenzo de Cepeda y Ahumada, que había marchado a los veintiún años a la conquista de América y que ya desde Quito, donde fue alcalde y justicia mayor, había hecho una importante contribución económica para la primera fundación en Ávila de su muy amada hermana. En 1575, a sus cincuenta y ocho años, llegó Lorenzo a Sanlúcar de Barrameda para retirarse en España... y para ayudar de nuevo a Teresa (3).

Efectivamente, al año siguiente, el clérigo García Álvarez ayudó a buscar una nueva casa: la antigua casa prioral templaria en la Pajería, que pertenecía al racionero de la Catedral hispalense, Pedro Pablo (4) y a sus seis hermanos. Lorenzo la compró por 6.000 ducados. La abulense, en misiva a fray Ambrosio Mariano, hacía esta descripción de la casa: “Dice el teniente que no hay mejor casa en Sevilla ni mejor puesto. Paréceme que no se ha de sentir en ella el calor. El patio parece hecho de alcorza. Ahora todos entran en él -que en una sala se dice misa hasta hacer la iglesia-, y ven toda la casa; que el patio de más adentro del servicio hay buenos aposentos, adonde estamos mejor que en la otra casa. El huerto es muy gracioso; las vistas extremadas”. Toda la casa era del agrado de Teresa, pero, sobre todo, debió de causarle impresión el patio enjabelgado (5).

Sin embargo, no acabaron ahí los problemas. Los habitantes de la casa no la querían dejar y además, los frailes franciscanos, que “estaban junto” (6), en la Casa Grande de San Francisco que estuvo donde hoy está la “Casa Grande” del Ayuntamiento, requirieron a las monjas para que no consumaran la mudanza. ¿Por qué? ¿Les molestaba que estuvieran tan cerca?

El obispo de Esquilache don Alonso Fajardo, en el deseo de extirpar la prostitución del antiguo compás, había llegado a proyectar en la zona un convento agustino, pero el proyecto se dejó en suspenso tal vez ante la decisión de santa Teresa.

En cuanto al proceso inquisitorial, menos mal que el inquisidor general, don Gaspar de Quiroga, tenía amistad con doña Luisa de la Cerda, amiga íntima de Teresa, y ambos eran cercanos a Felipe II. La sentencia absolutoria vino a aprobar el misticismo de la abulense y a ratificar el juicio positivo sobre el libro de su vida.

En 1576, tuvo lugar el traslado del Santísimo Sacramento a la casa de la Pajería, y con él la inauguración de la nueva sede. Incluso se engalanaron las calles. Sevilla es así.

Y al día siguiente, 4 de junio, a las dos de la madrugada, después de una estancia de un año y medio en nuestra ciudad, la santa partió para Castilla, con su hermano y su sobrina, y con la satisfacción del deber cumplido.



(1) VV.AA. La Casa de Contratación y la navegación entre España y las Indias
(2) Sánchez Herrero, José. Historia de la Iglesia de Sevilla. Tercera parte, Sevilla del Renacimiento
(3) Donoso, Sebastián. Familia Sánchez de Cepeda y Ahumada: su descendencia en Chile y Ecuador
(4) Vázquez Consuegra, Guillermo. Sevilla cien edificios
(5) Santa Teresa. Carta 106. A fray Ambrosio Mariano. La alcorza es una pasta de azúcar y almidón, obviamente blanca, con la que se recubren algunos dulces. Decir “de alcorza” es como decir “de dulce”.
(6) Ibid. 2
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