miércoles, 17 de julio de 2013

SEVILLA Y LAS OCHO BEATITUDES DE SAN JUAN (5: SAN JUAN DE SEVILLA, LA PALMA DE TRENTO)

Tras el Concilio de Trento y la Contrarreforma, fueron muchas las tensionas en Sevilla entre los católicos y los no pocos seguidores de Martín Lutero. El clero se esforzaba en contrarrestar las inquietudes intelectualistas protestantes con constantes soflamas emocionadas y enardecidas, rotundas, en posesión de la verdad.

La leyenda cuenta que, en 1537, un fraile franciscano, desde el púlpito de San Juan Bautista, anunció a los protestantes que su conducta perversa sería conocida por los guardianes del catolicismo más tarde o más temprano. Uno de los asistentes, al salir, aprovechando que no veía a nadie en la plaza triangular que todos conocemos, se dirigió a una palmera y le dijo que la Madre de Jesús no quedó virgen tras el parto. Y se quedó tan a gusto. Al día siguiente fue denunciado por un anciano ante la Inquisición en el Castillo de San Jorge y lo apresaron, pero desmintió el hecho. Fueron a buscar al anciano testigo, pero en la dirección facilitada vivía un joven, que declaró que el viejo era su abuelo, muerto hacía ochenta años y enterrado bajo la palma del cementerio de la plaza de San Juan. Cuando los inquisidores le contaron esto al protestante, este confesó.

La parroquia de San Juan Bautista pasó a llamarse desde entonces en la tradición popular sevillana, tan esotérica y tan para iniciados, San Juan de la Palma.

La palma tiene una triple significación, que podemos recorrer sintéticamente de lo más antiguo a lo más moderno o, como suele coincidir casi siempre, de oriente a occidente. Así, vemos que era señal de enterramiento, probablemente ya en los pueblos caldeos, pero también fue en muchos pueblos, y sigue siéndolo, un símbolo de fecundidad. En tercer lugar, constatamos que ya era símbolo de victoria en Roma, siendo adoptada por el primer cristianismo romano como símbolo de la victoria espiritual sobre el mal, victoria que tiene su paradigma en el martirio. Todo resulta coherente.

Era lógico y natural que floreciera en Sevilla la advocación mariana de la Palma. El cardenal Rodrigo de Castro Osorio aprobó en 1593 las Reglas de la Hermandad del Santo Sudario (1) de Nuestro Señor Jesucristo y Madre de Dios de la Palma, con residencia canónica en la parroquia de San Juan, el Bautista, el de la Palma.

Pero a finales del siglo XVI había empezado ya la decadencia económica. El mismo cardenal decretó la reducción de hospitales, que afectó, entre otras muchas, a la corporación de la Iniesta y San Juan de Letrán que se había fundado en 1560 en la calle Rascaviejas, y que tuvo que trasladarse en 1587 a San Julián.

Tras Rodrigo de Castro vino Fernando Niño de Guevara, inquisidor como el anterior. Para él las cofradías de penitencia se producían de forma irreverente, sin la necesaria espiritualidad. Su reforma, impopular entonces, sentó muchas bases formales y espirituales de nuestra actual Semana Santa.

Vino después Pedro de Castro y Quiñones, que decretó en 1623 una reducción de cofradías, por la cual se unieron a la de San Juan de Letrán, en San Julián, al menos tres corporaciones: una era la del Santo Cristo de la Demostración y Madre de Dios de la Presentación, de mulatos; otra era la del Santo Sudario y Madre de Dios de la Palma; otra era la de Montserrat, cuyos nazarenos llevan en el antifaz un escudo que incluye la Cruz de San Juan.

La Hermandad de San Juan de Letrán cayó en la indigencia como consecuencia de la peste de 1649 y en 1671, tras redactarse unas nuevas ­–y conflictivas– reglas, dejó de ser cofradía de penitencia.

De entre los cofrades de la Iniesta surgió en San Julián una nueva corporación con tal sentido penitencial que no quiso ser de gloria. En 1699 hicieron su primera estación de penitencia. Cuenta Carrero que, como no tenían imagen de Virgen propia, procesionaron con una Dolorosa que le cedió la Hermandad de la Iniesta (2), lo cual no deja de ser insólito. ¿Fue así efectivamente? Muchos piensan que este grupo de cofrades, buscando la advocación de su Virgen, encontraron su identidad en el profundo amargor del sabor de la iniesta, y titularon a su Virgen como la de la Amargura, que no era otra que la antigua Iniesta Dolorosa.

Por otra parte, la Hermandad del Santo Sudario y Madre de Dios de la Palma emigró después a San Andrés y de allí a San Antonio. Está claro que en San Antonio se hizo franciscana. Luego vino la historia conocida que dio origen a la Hermandad del Cristo de Burgos y Madre de Dios de la Palma. Y así tenemos en el Miércoles Santo a dos Vírgenes advocadas de la Palma.

Trasladada a San Juan de la Palma, la Hermandad de la Amargura ocupó la capilla funeraria cedida por los Esquivel, en armonía con la corporación de la Santa Cruz de Caño Quebrado, allí residente y origen de la actual Hermandad de la Soledad de San Buenaventura. La Hermandad de la Amargura celebró su primer cabildo en San Juan en 1725 y se impregnó del espíritu contrarreformista de las predicaciones jesuitas del cercano noviciado salomónico de San Luis de los Franceses.

La Historia siguió su curso. Los jesuitas fueron expulsados en 1767, acusados de meterse en política.

En 1788 se culminó la renovación barroca del templo de San Juan de la Palma, como atestigua su espadaña, presidida por la Cruz de las Ocho Beatitudes.

Y en la plaza sigue habiendo una palmera, porque una plaza de San Juan sin palmera es como un jardín sin flores.





(1) Este Santo Sudario es la Sábana Santa, que ya se encontraba en Turín.
(2) Carrero Rodríguez, Juan. Anales de las Cofradías Sevillanas
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