viernes, 15 de noviembre de 2013

LA CASA DE LA PAJERÍA Y SUS CIRCUNSTANCIAS (10: LA CRUZ EN TRIUNFO)

En 1767 fue nombrado intendente de Andalucía y asistente de la ciudad de Sevilla Pablo de Olavide y Jáuregui.

Había nacido en Lima, importante metrópoli del Virreinato del Perú, en 1725. De formación jesuita, ya era doctor en Teología con dieciocho años. Su juventud fue tumultuosa, llegando a ser encarcelado y sus bienes confiscados (1). Pero se vino a España y enderezó su vida, Hizo un matrimonio muy afortunado con Isabel de los Ríos, que le donó sus bienes en vida, lo que además le permitió ingresar en la Orden de Santiago. Viajó por Europa. En París fue amigo y huésped de Voltaire en su finca “Les Délices” (2). Olavide y Voltaire se admiraron mutuamente. Voltaire, el filósofo más importante y significativo de la Ilustración francesa, que es tanto como decir de la Ilustración universal, fue quien resucitó la memoria de los templarios en el capítulo 66 de su Historia Universal, llamado Du suplice des templiers et de l’extincion de cette ordre. Cuando el Temple fue liquidado, los papas y los reyes de Francia intentaron también liquidar su memoria, y durante cuatro siglos lo consiguieron, hasta que Voltaire se atrevió a tratar el tema.

Pablo de Olavide prosperó en la corte y en el gobierno de Carlos III porque destacaba por su formación ilustrada. Su mejor amigo en España fue Pedro Rodríguez Campomanes, que lo recomendó al conde de Aranda, primer ministro tras el motín de Esquilache (3). Campomanes fue un brillante político ilustrado que, por cierto, había recibido formación básica en Sevilla, y que escribió en 1747 las Dissertaciones históricas del orden y cavallería de los templarios, espléndida y pionera obra que supuso la resurrección de la memoria del Temple en España.

¿Puede extrañarnos que Olavide sintiera admiración y respeto por los caballeros del Temple, a despecho de los pronunciamientos oficiales? Además, se rumoreaba que tanto él como el conde de Aranda eran masones.

Olavide, perseguido y todo, hacía gala de una personalidad fascinante. En Madrid dirigió el Hospicio de San Fernando y fue síndico personero (4), llegando a ser aclamado por los barrios.

Al estrenar sus cargos en Sevilla, trajo a su residencia del Alcázar un verdadero cargamento de libros prohibidos, lo que provocó más recelo de la Inquisición (5). En la Sevilla de los 3.500 religiosos, según el censo del conde de Aranda, Olavide se enfrentó a todo lo que hiciera falta: a las injusticias, a las escaseces y a la relajación de los conventos, y consiguientemente a los munícipes, a los gremios y a las jerarquías eclesiásticas. Quiso regular los toros y las cofradías. Amó a Sevilla –era nieto del capitán sevillano Agustín de Jáuregui– e hizo gala aquí de una rectitud que no había tenido en su juventud peruana.


El afrancesado Olavide renovó la vieja Sevilla, organizándola en cinco cuarteles (quarteles, a imitación de los quartiers de París), con ocho barrios cada uno y manzanas dentro de estos. A él le debe la ciudad su primer plano, en 1771. Hizo colocar los característicos azulejos que son hoy un verdadero tesoro no suficientemente valorado; todos presididos por una pequeña cruz, que responde (¡qué casualidad!) al formato de la cruz templaria, la cruz que los freires franceses llamaron pattée porque parece tener pies en sus extremos, la cruz patada otorgada como emblema a la Orden por el papa cisterciense Eugenio III, el mismo que requirió a su maestro, Bernardo de Claraval, que predicara la Segunda Cruzada. Y en la Catedral de Sevilla, de acuerdo con su importancia, se colocó una lápida señalando cuartel, barrio y manzana, con su correspondiente cruz.


Entre las misiones de Olavide estaban la reforma universitaria, con planes de estudios progresistas y fomento de la ciencia y el enciclopedismo, y la liquidación de los bienes de los expulsados jesuitas (6). Así que este fiel ejecutor de los deseos de Carlos III unificó y centralizó los estudios universitarios, hasta entonces dispersos y en poder de los eclesiásticos, y la universidad hispalense se fundó precisamente en el edificio rehabilitado de la antigua Casa Profesa de los Jesuitas. Respetó el nombre de la calle, que siguió siendo de la Compañía, seguramente en recuerdo grato de su formación juvenil. Y el Cristo jesuita de la Buena Muerte pasó a ser el Cristo de la Universidad.

En la antigua cripta jesuita montó el Panteón de Sevillanos Ilustres, siguiendo –también– el modelo de París. Hoy, el Panteón acoge, en lugar principal, los mausoleos de dos prohombres de la Orden de Santiago: Lorenzo Suárez de Figueroa, maestre y promotor del convento de Santiago de la Espada de la calle San Vicente, y el teólogo, humanista y bibliógrafo Benito Arias Montano, un sevillano nacido en la templaria Fregenal de la Sierra, que también había estado enterrado en el templo sevillano de los caballeros santiaguistas.

En homenaje a Voltaire, el asistente Olavide urbanizó en la finca Bellaflor, junto al río, el primer espacio verde de la ciudad, los jardines de Las Delicias, y hasta hizo una plaza. Los jardines merecieron a su vez, ya en XIX, el homenaje del asistente Arjona, quien los enriqueció con estatuas procedentes de la residencia estival al modo romano que tenían los cardenales de Sevilla en Umbrete (7)..

Y se empeñó en adecentar, regularizar y recuperar definitivamente la “malsana e inmoral barriada de la laguna”, “un sitio yermo, convertido en muladar, con barrancos cenagosos”. Decretó la demolición de la mancebía y la construcción de una magnífica zona residencial de nueva planta, con el apoyo técnico de Manuel Prudencio de  Molviedro, aunque para ello tuvo que superar algunas dificultades como las que surgieron por “unas casillas que están contra la muralla”, que eran de un “santo clérigo” (8), el cual pedía “un disparate”. El viejo compás se integró como barrio 2º en el cuartel A.

Se dio forma a la nueva calle sobre la antigua laguna, que podría “lucir en cualquiera Corte”, con un trazado rectilíneo que incluso sorprende en el plano de 1771, y a la que se le dio el nombre de Olavide por iniciativa de los colaboradores del asistente (9). La calle se dotó de “casas magníficas”, incluida la Capitanía General de la Provincia (10).

Y el asistente mandó poner en invierno faroles o linternas en los balcones, porque no quería en Sevilla un nuevo motín de Esquilache.

Pero Olavide se tuvo que ir precipitadamente a Madrid en 1776 para responder ante el Santo Oficio (¡tercera persecución inquisitorial que ronda la Pajería!), porque lo denunció el capuchino alemán fray Romualdo de Friburgo, elemento incordiante en la tarea de Olavide de repoblador de Sierra Morena, celoso del poder de este como intendente de las Nuevas Poblaciones, lo que además hizo que el peruano tuviera que pasar largas temporadas en su palacio de La Carolina, en detrimento, sin duda, de su actividad en Sevilla. Lo acusaron de iluminado, cuando en realidad era un ilustrado, que no es lo mismo. Fue condenado por hereje, infame y miembro podrido de la religión. Como los templarios. En Sevilla, tras su caída se prohibieron muchas de las actividades promovidas por el asistente, como el teatro.

Después de un cautiverio un tanto peculiar, huyó a Francia, donde revivió los elogios de Voltaire y de otros filósofos, vivió la Revolución, fue nombrado “Ciudadano de Honor” y luego fue perseguido como extranjero sospechoso y encarcelado en el castillo de Cheverny, donde escribió El Evangelio en triunfo buscando que “todos estuvieran persuadidos por convencimiento íntimo de que la religión viene de Dios” (11), y hasta trabajó en un proyecto de idioma universal, antes del esperanto (¡como los templarios, que lo intentaron de forma esotérica en su proyecto de sinarquía mundial!).

Gracias al éxito de su libro volvió a España con permiso de Carlos IV y finalmente se retiró a Baeza, donde murió en 1803. Se le enterró en la iglesia de San Pablo pero sus restos, los restos del que creó el Panteón de Sevillanos Ilustres, no están localizados.

Hoy lleva su nombre la segunda universidad de la ciudad de Sevilla.



(1) Defourneax, Marcelin. Pablo de Olavide, el afrancesado
(2) Ibid. 1
(3) Campomanes fue admirador y biógrafo del benedictino Feijoo, autor de Ensayo sobre la causa de los templarios.
(4) Ibid. 1. El síndico personero era una especie de defensor del pueblo.
(5) Ibid. 1
(6) Ibid. 1
(7) Romero Murube, Joaquín. Los jardines de Sevilla (Casas y calles de Sevilla).
(8) Carta de Molviedro. A.H.N. Inquisición 3606
(9) Matute y Gaviria, Justino. Anales eclesiásticos y seculares de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla. Tomo II.
(10) González de León, Félix. Noticia histórica de los nombres de las calles de esta M.N.M.L.Y M.H. Ciudad de Sevilla
(11) Olavide y Jáuregui, Pablo de. El Evangelio en triunfo
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