miércoles, 9 de octubre de 2013

LA CASA DE LA PAJERÍA Y SUS CIRCUNSTANCIAS (6: EL DULCE NOMBRE, SOCORRO Y AMPARO DE LAS NIÑAS PERDIDAS)

Seguramente el entorno de las monjas carmelitas, con más aspectos negativos que positivos para su labor, fue lo que provocó su marcha de la Pajería en 1586.

Este entorno, además, tenía un punto sarcástico, porque la mujer que regentaba un burdel era llamada abadesa, el uniforme de las mujeres era su hábito y la propia mancebía era nombrada como monasterio.

Los intentos que hubo para erradicar el comercio carnal de la zona no tuvieron éxito. Hay que recordar que en 1575, coincidiendo con la venida de Teresa de Cepeda a Sevilla, se había tratado por el Cabildo la posibilidad de montar la aduana en el antiguo compás y así conseguir que se marcharan las rameras. Se prohibieron específicamente las casas de citas, porque a ellas iban mujeres casadas.

En 1587 se instaló en el compás de la Pajería el hospicio de las “niñas huérfanas y desamparadas” (1). Las fechas encajan para pensar que es muy probable que el hospicio estuviera en la casa que había sido palacio alfonsino, casa prioral templaria y convento carmelita descalzo, que, seguramente, había pasado a ser controlada por el Cabildo. Además, ¿qué otra casa podía haber en la mancebía, que tuviera suficiente dignidad?

El hospicio era la rama femenina del de los “niños perdidos” de la calle Cañaverería, actual Joaquín Costa, en terrenos de la isleta de la Feria, en la confluencia de dicha calle con la del Niño perdido, aún llamada así. La fundación se debe a la acción de fray Diego Calahorrano, maestro provincial de la Orden de Predicadores, que regentó personalmente la institución de la Pajería.

Vinculada al hospicio de la Cañaverería y patrocinada también por el padre Calahorrano, residía en el monasterio de Santa María del Monte Sion la cofradía caritativa del Niño Perdido y la Gloriosa Santa Ana, llamada “del Socorro y Amparo”, que se trasladó también a la Pajería con la protección del Concejo municipal (2). Sus reglas mandaban a los hermanos pedir para el sostenimiento del hospicio (3).

Esta cofradía se fusionó después con la del Cristo del Mayor Dolor y María Santísima del Dulce Nombre, haciéndose de penitencia (4). Aunque está aceptado que la fusión con esta corporación, que ya se habría unido a la de la Bofetada, tuvo lugar más tarde en la calle del Naranjo, no puedo descartar totalmente que se hubieran iniciado los contactos en la Pajería (5).

Abonaría esta idea la existencia, muy cerca del hospicio, de la casa pía de la Pajería (6), que se llamó precisamente del Dulce Nombre, segunda casa de arrepentidas de los jesuitas en Sevilla, obsesionados con el sexto mandamiento. Para ellos, la Mancebía debía de representar el mayor dolor del Redentor. Según se cree, en 1554 se había fundado en la calle de Pajería, en una humilde vivienda, la primera casa profesa de los jesuitas, bajo la dirección inmediata de san Francisco de Borja (7). Tal vez se trataba de la misma casa.

La misión popular de la Compañía iba dirigida sobre todo a los más necesitados de apoyo: los pobres, los ignorantes, los criminales, los marginados y, por supuesto, las prostitutas. Con el objetivo de su conversión, se las obligaba a asistir a misa y comulgar los días de fiesta, formándose verdaderas procesiones de mancebas, ataviadas de acuerdo con las Ordenanzas, al mando de un alguacil. El día de la Santa de Magdala tenía lugar en la Mancebía el sermón más fuerte del año.

La casa de arrepentidas plasmaba institucionalmente el paradigma de la conversión. La mundaria arrepentida recibía una dote al casarse. Si lo hacía con un condenado a muerte, este se libraba de la ejecución, con lo que la apocalíptica meretriz adquiría un carácter salvador, cumpliendo así el espíritu fundamental de las casas de arrepentidas.

El tremendismo de la catequesis se mezclaba con el acoso a los clientes de los burdeles, principalmente a los muchachos.

El jesuita Pedro de León se distinguió en la promoción de grupos mixtos de congregantes para la orientación de estas “niñas perdidas” (8), que ya estaban autorizadas para ejercer con doce años de edad. En el currículo de caridad del jesuita estaba su labor en la Cárcel Real de la calle de las Sierpes, donde fue capellán, aunque interino, y donde se reencontró con Cervantes, con quien ya había coincidido en el sevillano colegio de la Compañía de Jesús. Su trabajo con las rameras se extendió por toda Sevilla, incluida Tablada, donde estaban las más enfermas, que habían sido expulsadas de la Mancebía.

El “barrio del compás”, que para Cervantes es uno de los enclaves de la picaresca española, del tipo de Los Percheles de Málaga o el Potro de Córdoba (9), seguía siendo el paraíso del lenocinio. Hubo un nuevo intento de desalojar la Pajería con el pretexto de edificar un convento, pero resultó fallido, aunque, de todas formas, se programaron derribos de casas durante todo el siglo XVI (10). Y Pedro de León y los congregados consiguieron hacer cumplir las Ordenanzas de 1553 respecto a cerrar las casas de prostitución los domingos y fiestas de guardar (11). Después de todo, la Mancebía era el único espacio legal de comercio carnal, una verdadera institución municipal, que incluso contaba con una comisión de munícipes supervisores.

En la Pajería residieron las niñas y la cofradía hasta 1595. En este año, la ciudad compró unas casas que pertenecían a la Orden de los Hospitalarios de San Juan para ensanchar la calle del Naranjo, hoy Méndez Núñez, frente a la hoy desaparecida iglesia mudéjar de la Magdalena (12), y al hospicio y a la hermandad se les dio a tributo, a instancias del padre Calahorrano, un solar que sobraba (13) en la esquina con la calle del Ángel, hoy Rioja. Por cierto, ¿habrían pertenecido estas casas al Temple antes de ser de San Juan, como tantos bienes en España, y no solo en España? Desde luego estaban mucho más cerca del compás templario que del de San Juan de Acre.

La casa pía del Dulce Nombre no resistió el cambio y fue disuelta.



(1) Ortiz de Zúñiga, Diego. Anales Eclesiásticos y Seculares de la Ciudad de Sevilla
(2) Carrero Rodríguez, Juan. Anales de las Cofradías de Sevilla
(3) Montoto de Sedas, Santiago. Cofradías sevillanas
(4) Bermejo y Carballo, José. Glorias religiosas de Sevilla.
(5) El Dulce Nombre se había fundado como hermandad de luz en San Bartolomé el Viejo o del Compás. Un fragmento de un libro de hermanos acredita que la cofradía del Dulce Nombre y el Mayor Dolor residía en 1634 en Santa María de las Nieves (Santa María la Blanca) como hermandad gremial de penitencia. También cabe la hipótesis de que esta hermandad y la de la Bofetada se fusionaran en el convento de la Merced Calzada, donde al parecer residieron un tiempo ambas. 
(6) Ibid. 1
(7) Montoto de Sedas, Santiago. Esquinas y conventos de Sevilla
(8) Sánchez Herrero, José. Historia de la Iglesia de Sevilla. Tercera parte, Sevilla del Renacimiento
(9) Cervantes Saavedra, Miguel de. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha
(10) VV.AA. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Excmo. Ayuntamiento de Sevilla. Diccionario histórico de las calles de Sevilla
(11) Vázquez García, Francisco y Moreno Mengíbar, Andrés. Poder y prostitución en Sevilla, siglos XIV al XX. Tomo I, La Edad Moderna
(12) Matute y Gaviria, Justino. Anales Eclesiásticos y Seculares de la MN y ML Ciudad de Sevilla
(13) Ibid. 1. La cofradía del Niño Perdido y Santa Ana se fusionó en 1666 con la del Dulce Nombre, el Mayor Dolor y la Bofetada, ya fusionadas y provenientes del Convento de la Merced. La nueva hermandad, sin embargo, decayó en la nueva sede y la institución de las “niñas perdidas” acabó decayendo también a finales del siglo XVIII. En 1797 se marcharon al Beaterio de la Santísima Trinidad, quedando extinguida la corporación de penitencia. Queda allí testimonio de su presencia en las imágenes que, para la hermandad del Dulce Nombre, forman parte fundamental de su historia. Queda también, en San Lorenzo, el Cristo del Mayor Dolor. Y queda también la cruz trinitaria en los antifaces blancos de sus nazarenos.