martes, 29 de octubre de 2013

LA CASA DE LA PAJERÍA Y SUS CIRCUNSTANCIAS (8: NON NOBIS DOMINE, QUI UT TU)

La sombra del Temple es más alargada y sutil de lo que parece, incluso en Sevilla, donde estuvieron poco más de medio siglo.

Tras la disolución de la Orden, decretada en 1312, en el reino de Castilla y León, muchos templarios se integraron en las órdenes de Calatrava –sobre todo– y Alcántara y los bienes pasaron al rey, a los concejos o a la Orden de San Juan. En Aragón, muchos bienes pasaron a San Juan, pero se creó en 1317 la Orden de Montesa, que dio continuidad a la militancia templaria y a muchos de sus bienes. Y hay que hablar también de Portugal, donde los templarios tenían aún mayor influencia y donde en 1319 se creó la Orden de Cristo, clara heredera del Temple.

Pues bien, a principios del siglo XVII encontramos a un sevillano en la Orden de Santa María de Montesa y de San Jorge de Alfama, que así es el nombre completo de la institución promovida por Jaime II de Aragón y centralizada en el valenciano castillo de Montesa. Y no se trata de un sevillano cualquiera, sino de Juan de Oviedo y de la Bandera, jurado y maestro mayor de la ciudad, ingeniero militar y arquitecto, autor del Convento de la Merced, hoy Museo de Bellas Artes, de salomónica fachada y, por lo que ahora nos interesa, de la manierista iglesia de San Benito. Por cierto que también era escultor, atribuyéndosele el Cristo del Mayor Dolor.

La fachada sur de San Benito, que da a Luis Montoto, tiene una portada del siglo XVIII, pero sus argumentos heráldicos son, sin duda, anteriores, atribuibles por tanto a Juan de Oviedo. Se trata de cuatro cruces. De derecha a izquierda según la vista, vemos la cruz de San Jorge, la misma que llevaban entonces en su capa los freires de Montesa; en el centro hay dos cruces aparentemente idénticas, pero que podrían ser perfectamente las de Calatrava y Alcántara, diferenciadas solo en el color original (1); ...y en el extremo izquierdo la portuguesa cruz de Cristo (2), lo que es sin duda sorprendente: con su inclusión se completa precisamente el cuadro de las órdenes peninsulares que acogieron a los proscritos templarios y dieron con ello continuidad al espíritu caballeresco de san Bernardo, reformador de la Regla de san Benito (3). ¡La portada es el mapa de la Iberia templaria tras el Temple!


Es el momento de recordar otra vez el espíritu caballeresco de los nazarenos de San Benito.

Y otro detalle curioso: el último maestre de Montesa, que negoció con Felipe II la incorporación de la Orden a la corona, fue Pedro Luis Garcerán de Borja, hermano de san Francisco de Borja, el jesuita que sucedió en 1565 a Pedro Laínez como general de la Compañía.

Aunque no está acreditada la existencia histórica del romano Jorge de Capadocia, se le atribuye haber muerto martirizado en el año 303 por haberse confesado cristiano ante Diocleciano. Según leyenda medieval, es vencedor del dragón y salvador de la doncella que iba a serle sacrificada. La doncella es la Iglesia y el dragón es Satanás, el mal. Es el milites Christi, héroe de la Madre de Dios, patrón de caballeros y soldados y protector de los templarios. San Jorge es ejemplo de sincretismo religioso y cultural, venerado no solo en las diferentes iglesias cristianas, sino también por los musulmanes, por los judíos e incluso en iglesias afroamericanas.

La Cruz de San Jorge, roja sobre fondo blanco, fue, ya antes de las Cruzadas, signo del dominio en el Mediterráneo: patrimonio de la República de Génova en un primer momento, divisa de los templarios, protagonistas del tráfico marítimo durante las Cruzadas, salvoconducto de los ingleses más tarde en sus acciones en el Mare Nostrum y, finalmente, emblema de la Corona de Aragón. A propósito de genoveses y templarios, hay que reseñar que ambos intervinieron en la primera conquista cristiana de Almería y que hoy la Cruz de San Jorge es insignia principal del escudo de esta ciudad andaluza.

En definitiva, san Jorge es la manifestación humanizada de san Miguel.

El Arcángel Miguel (Qui ut Deus, Quién como Dios) es jefe de los ejércitos de Dios, portador de mensajes celestiales, pesador de almas, Justicia Mayor de los cielos y paladín del bien, vencedor apocalíptico del Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás (4). Y es venerado por todas las confesiones cristianas, por el judaísmo y por el islamismo. Es, sencillamente, la raíz del sincretismo que veíamos respecto a san Jorge.

¡En la catedral de Palencia hay un San Miguel con la cruz de San Jorge en el escudo!


San Miguel Arcángel siempre está en lo más alto: en el Mont Saint-Michel, en el Castel Sant’Angelo, en la Sacra San Michele junto a Turín, en el Sacromonte de Granada... Y así son también muchos enclaves templarios: Aralar, la Ara Coeli del Itinerario de Antonino, San Miguel el Alto en Toledo, la primera casa templaria castellana, la aragonesa y catalana Miravet (5) o la leonesa y extremeña Xerez de Badajoz, hoy Jerez de los Caballeros, de donde vinieron tantos templarios a la conquista de Sevilla...

En Sevilla, la campana del Colegio de San Miguel era la que llamaba al pueblo de Sevilla a los actos catedralicios cuando no había aún campanas en la Giralda. Desapareció, aunque permanece la puerta catedralicia de San Miguel frente a lo que queda del colegio, la puerta por donde entran todas las cofradías. También existió en nuestra ciudad una parroquia de San Miguel, gótica, en la plaza del Duque, pero también desapareció.

Pero al menos nos queda el templo de San Jorge.

La peste de 1649 afectó tremendamente a la nueva Babilonia que era Sevilla, reduciendo su población a casi la mitad y haciendo crecer la miseria. Junto a lo que quedaba de la laguna de la Pajería, como en muchos otros lugares de la ciudad, tuvo que improvisarse un cementerio. Con unos 70.000 habitantes, en medio de una durísima decadencia económica, la ciudad se hizo profundamente religiosa.

En 1663 fue elegido hermano mayor de la Caridad Miguel Mañara y Vicentelo de Leca, de familia oriunda de la mediterránea isla de Córcega, caballero de Calatrava desde los diez años. Miguel (¡Miguel!) se convirtió en el gran impulsor de la institución y de la iglesia del patrón de su Orden, el señor San Jorge. Los orígenes de la Hermandad de la Santa Caridad se remontan a la Edad Media, con la misión de enterrar los cadáveres que nadie reclamaba, de los ajusticiados y de los que se ahogaban en el Guadalquivir, generalmente marineros forasteros. El racionero Pedro Martínez “de la Caridad”, levantó una pequeña capilla en el cementerio de San Miguel (¡en San Miguel!), en el centro de la ciudad, conocida como “capilla de los ahogados”.

En 1670 se terminó de construir la nueva iglesia de San Jorge que es, además de un magnífico monumento al arte barroco, un monumento a la virtud de la caridad, a la muerte, a la Vera Cruz y al acto piadoso de enterrar a los muertos.

En el arco del coro, una lápida explicita: Non nobis Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam. Son los versículos del Libro de los Salmos (6) con los que san Bernardo concluyó su Elogio a la Nueva Milicia dedicada a los caballeros de la Orden del Temple (7) y que estos adoptaron como su lema. Podemos traducirlo así: “No a nosotros, Señor; no nos des la gloria a nosotros, sino a tu nombre”.

¿Por qué está en La Caridad el lema templario? Ciertamente, la sombra del Temple es alargada. 



(1) La Orden de Montesa, dependiente de la de Calatrava, ostentó más tarde la misma cruz flordelisada. Así tenemos tres cruces similares: la de Calatrava, de gules (rojo), la de Alcántara, de sinople (verde) y la de Montesa, de sable (negro) con cruz de San Jorge de gules en el centro.
(2) Para confirmarlo, basta con asomarse a la reja del Consulado de Portugal, antes pabellón portugués de la Exposición del 29, y mirar al suelo.
(3) La Orden de Santiago, en cambio, adoptó la Regla de San Agustín.
(4) Apocalipsis 12, 7-9
(5) Ávila Granados, Jesús. La mitología templaria
(6) Salmos 113:9 (versión de La Vulgata)
(7) San Bernardo. De laude novae militiae ad milites templi