lunes, 17 de febrero de 2014

SEVILLA SALOMÓNICA (7: EL ORO Y LA PLATA, LA REVERENCIA DE LOS REYES Y EL HUMANISMO IMPERIAL, TODO PARA LA GRAN REINA)



Tras el Descubrimiento y la colonización, entró en España la Casa de Austria y, con ella, el imperio, vinculado a la misión salomónica del medio milenio. El emperador Carlos, que nació en 1500 y fue coronado rey de España en 1516, se benefició de la esperanza milenarista para lograr su título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1520 y para justificar la conquista de América y la conversión de los indios.1 La fuerza del imperio inspiró el lema Plus Ultra (“Más allá”), que suponía la superación trascendental de las columnas de Hércules. Culminó así, con el Salomonis tria officia en Flandes para el joven Carlos de Gante, el entronque salomónico de la monarquía española, lo que para autores como Rosenthal explicaría la divisa columnaria evocando el Templo de Salomón.2


Hay que añadir que el emperador profesó un especial afecto a Sevilla, la capital del comercio transatlántico. Aquí, en el Alcázar, contrajo matrimonio en 1526 con la princesa Isabel de Portugal.

Los criterios arquitectónicos cambiaron, y de la mano del imperio emergente se generó el plateresco, como una primera expresión plástica de humanismo.

El humanismo, el movimiento intelectual, filosófico y cultural que dio lugar al Renacimiento, había surgido en el siglo XIV en Italia, con Dante, Petrarca y Boccaccio. Este retorno optimista al clasicismo, superador del dogmatismo medieval, no es ajeno al ideal sincrético salomónico y templario. De hecho, estos tres escritores italianos del dolce stil nuovo integraron el grupo de los Fedeli d’amore, dentro de la organización de terciarios templarios llamada Fede Santa, que llenó Europa de mensajes esotéricos, sobre todo después de la suspensión de la Orden del Temple por Clemente V.

Así, el Renacimiento aportó una espiritualidad humanista al salomonismo y al marianismo, conservando las bases esotéricas y sincréticas. ¿No es el propio Salomón quien dialoga con Dante en el cuarto cielo, el del sol? ¿Y no llega a estar Dante en presencia de la Virgen María y de san Gabriel en el octavo cielo, el cielo de las estrellas?3 Pero también hay reconocimiento de la figura de san Bernardo. ¿No se apoya Dante en san Bernardo para llegar al cielo definitivo?4

San Bernardo, especialmente atraído por el salomónico Cantar de los Cantares,5 había sido el gran impulsor de la devoción a la Virgen María, enunciando los términos de lo que siglos después se definiría como hiperdulía.6 Bernardo de Claraval promovió el Císter y el Temple, y el entusiasmo mariano de ambas órdenes, unido a la movilidad de los templarios, hizo que Europa se llenara de imágenes de inspiración bizantina, muchas de las cuales eran Vírgenes Negras, cuyo color denota la pervivencia de los principios arcaicos de la veneración a las deidades de la fertilidad y del culto a la Madre Tierra. Definitivamente, desde san Bernardo, María no es ya una diosa. Para el de Claraval, Maria es la Gran Dama de nuestro ideal caballeresco, nada más y nada menos que Nuestra Señora.7

El Renacimiento trajo una iconografía mariana humanizada, con la Madonna y la Piedad. Pero Sevilla tenía ya su reina, majestuosa y cercana al mismo tiempo: la Virgen de los Reyes.

En fase de plena influencia imperialista en Sevilla, Diego de Riaño comenzó en 1526 la obra del Ayuntamiento hispalense, en cuyo edificio plateresco aparecen, junto a los relieves del fundador que “edificó” la ciudad y del dictador romano que la “cercó de muros y torres altas”,8 y al lado del nudo alfonsino que es emblema de la ciudad, los signos del emperador Carlos que patrocinó la obra: el escudo del imperio español, las columnas de Hércules y las armas de Borgoña: el Toisón de Oro y la Cruz de San Andrés. La orden del Toisón, fundada en 1429 por el duque de Borgoña sobre la leyenda de Jasón, Hércules, los Argonautas y el vellocino de oro, fue considerada la más ilustre y gloriosa orden de caballería occidental y el Toisón en el collar se convirtió en el símbolo de Jerusalén, la ciudad santa que el duque y sus caballeros reconquistarían en una nueva Cruzada para restituirla al papado.

Y en la plaza de San Francisco, junto a los símbolos imperialistas y a los medallones paganos, en el rincón del arquillo presidido por el emblema de las Cinco Llagas, que daba entrada a la Casa Grande de la comunidad franciscana, se colocó, casi escondida pero haciendo valer su autoridad, la cruz de la Inquisición. En esa plaza, en el auto de fe del 24 de septiembre de 1529, el llamado sermón de la fe se basó en un texto del Cantar de los Cantares: Cazadnos las raposas, las raposas pequeñas, que estropean la viña”,9 recurrencia bíblica de los inquisidores que figuraba también en la portada principal del castillo de San Jorge.10 También el Santo Oficio fue salomónico, a su manera. El Directorium Inquisitorum o manual para inquisidores prescribía que “la mentira por vía judicial, en beneficio del derecho, del bien común y de la razón es totalmente encomiable.” y exhortaba al respecto: “¡Pensad en el juicio de Salomón!”.11

Las similitudes entre la corona castellana y la casa de David fueron apuntadas por el sevillano Pedro Mejía (o Mexía), en su inconclusa Historia del Emperador Carlos V. Mejía fue veinticuatro del gobierno de la ciudad y contador de la Casa de Contratación. Como el inquieto humanista que era, mantuvo correspondencia con Erasmo de Rotterdam, Luis Vives y Juan Ginés de Sepúlveda, y escribió la Silva de varia lección, una ingente miscelánea (lo que los clásicos llamaban “silva”) de divulgación de la cultura y conocimientos de la época de Salomón, la historia del Templo y de sus saqueos, destrucciones y reconstrucciones,12 incluida la época de los templarios, hasta Saladino, añadiendo disquisiciones filosóficas y noticias científicas.13 Murió en 1551.

Ese mismo año, que inauguraba la segunda mitad del siglo, comenzaron, dirigidas por Martín de Gaínza, las obras de la nueva Capilla Real de la Catedral sevillana. Ya estaba concluida la fábrica gótica catedralicia que había empezado por los pies, la obra de unos locos que se aferraban al argot medieval.

En el arco de entrada interior de la Capilla Real, a 24 metros de altura, se colocaron las figuras de los reyes bíblicos que había dibujado Pedro de Campaña y a las que habían dado cuerpo Pedro de Campos y Lorenzo de Bao: David, Ezequías, Josafat, Josías, Jesé y Salomón.14 La inspiración vino del Libro de los Reyes, verdadero árbol genealógico de la Casa de David y de Cristo, obra cumbre del simbolismo bíblico, que junto con el de los Jueces tuvo una gran difusión en Europa en la Edad Media, sobre todo a raíz de las cinco traducciones que de ambos textos hicieron los templarios.15

Tras morir Gainza en 1556, Hernán Ruiz el Joven reanudó las obras de la Capilla, cuya forma circular imita, como tantos otros ejemplos en la Cristiandad, la redondez de la mezquita de la Roca, que, convertida en iglesia cristiana por los templarios, fue identificada por el hombre medieval como el propio Templo de Salomón.16 En el exterior, en la plaza de la Virgen de los Reyes, el ábside de la Capilla ostenta orgullosamente el punto de partida y el punto de destino de la dinastía real española en los escudos de la España de Fernando III y de la del emperador Carlos con las columnas del Plus Ultra y el Toisón de Oro.

El sentido genealógico queda patente en los enterramientos: en el centro, la urna de san Fernando, obra cumbre de la orfebrería barroca sevillana, bajo la Virgen de los Reyes; en el lado del Evangelio, Alfonso X orante (aunque el sepulcro actual es de factura más reciente), y enfrente, también orante, su madre, Beatriz de Suabia, los dos sepulcros con columnas a ambos lados. En la cripta, Pedro I, su esposa María de Padilla y sus hijos Alfonso y Juan, además de Fadrique Alfonso de Castilla, maestre de Santiago e hijo de Alfonso XI. Este programa de enterramientos (que luego veremos en El Escorial) es, además de un legado, una encomienda a los reyes sucesores respecto al propio edificio.

Por las abdicaciones de Bruselas, entre 1555 y 1556, España y las Indias pasaron a su hijo, el rey Felipe II. Y el que había sido emperador de media Europa se retiró a Yuste.

El Toisón siguió vinculado a la Casa de Austria. Y aun hoy, su emblema y su espíritu perviven (¡cómo no!) en Sevilla y en su Semana Santa. Lo vemos en no menos de quince hermandades, estando acreditada en varios casos la concesión real.17 Entresacamos tres ejemplos: uno, Montserrat, la cofradía de marcado sello monárquico y caballeresco calatravo, fundada por catalanes veneradores de su Virgen Negra, la “Moreneta”; dos, la Carretería, identificada con el ideal de la caballería de Santiago y con salomónicos varales para el Mayor Dolor; y tres, San Bernardo, la hermandad que encabezó la iniciativa de solicitar para Sevilla el título de Mariana, en coherencia con el carácter de gran mariano universal de su santo titular.



1. Cuadra Blanco, Juan Rafael de la. El Escorial y el Templo de Salomón
2. Rosenthal, Earl E. Plus Ultra Non Plus Ultra, and the columnar device of Emperor Charles V
3. Guénon, Réné. El esoterismo de Dante
4. Alighieri, Dante. La divina comedia
5. Guénon, Réné. San Bernardo
6. En el concilio Vaticano II se definió el culto mariano como hiperdulía, una forma distinguida de la dulía, la veneración a los santos, a diferencia de la latría, que es la adoración debida solo a Dios.
7. Huynen, Jacques. El enigma de las Vírgenes Negras
8. La lápida de la Puerta de Jerez así lo proclama, como una manifestación de la propia ciudad: “Hércules me edificó / Julio César me cercó / de muros y torres altas / El rey santo me ganó / con Garci Pérez de Vargas”. Se recomienda la lectura de la entrada Sevilla, nueva Jerusalén, de este mismo blog.
9. Cantar de los Cantares, 2-15
10. Fernández Campos, Gabino. Reforma y contrarreforma en Andalucía
11. Aymerich, Nicolás y Peña, Francisco. El Manual de los Inquisidores, citado por Eslava Galán, Juan. Historias de la Inquisición
12. Ibid. 1
13. Mejía, Pedro. Silva de varia lección
14. Morales, Alfredo José. La Capilla Real de Sevilla
15. Alarcón Herrera, Rafael. La otra España del Temple
16. Ibid. 1. Se recomienda la lectura de las anteriores entradas de esta serie.
17. Carrero Rodríguez, Juan. Anales de las cofradías sevillanas. Ostentan en sus escudos el Toisón de Oro la Cena, la Amargura, el Rocío, San Bernardo, la Exaltación, las Cigarreras, Montesión, la Quinta Angustia, el Valle, la Carretería, San Buenaventura, Montserrat, los Servitas, el Santo Entierro y la Trinidad.