lunes, 3 de febrero de 2014

SEVILLA SALOMÓNICA (5: CRUZADAS DEL MEDIO MILENIO TRAS EL PRIMER MILENIO DE CRISTO)

El salomonismo y el milenarismo llegaron a confundirse en la España del siglo XV, que se preparaba para afrontar el punto de inflexión del año 1500.

Salomón fue ungido rey alrededor del año 970 a.C., aproximadamente un milenio antes de nuestra era. Su reinado de exagerada magnificencia, que generó tres mil proverbios, fue el paradigma del emperador fabuloso de inmensa sabiduría. Salomón fortificó el monte Moria ampliando las antiguas murallas, y desde entonces se llamaron Sión la ciudadela y el nuevo monte del Templo. Su decadencia fue también la del reino de Israel, lo cual no hizo sino incrementar la leyenda salomónica.1

El milenarismo tiene además un sentido apocalíptico. Según este texto bíblico, tras la primera derrota de la bestia, Jesucristo reinará en la Tierra con los mártires y los justos durante mil años, mientras un ángel mantiene presa a la bestia. Después del milenio, la bestia será desatada por poco tiempo, engañará a las naciones y rodeará la “ciudad amada”, hasta que, tras la lucha final y el Juicio Universal, el fuego divino consumirá a los embaucados y a la bestia embaucadora por los siglos de los siglos.2 Este ángel es san Miguel Arcángel,3 el jefe de los ejércitos de Dios, al que vemos cada Semana Santa impidiendo al mal acercarse al triple trono de la Santísima Trinidad en su Decreto; pero lo vemos también en llamadores de la Virgen, con la Macarena  y con el Dulce Nombre: el capataz, en presencia del ángel, usa el dragón como martillo para llamar a levantar el paso.

Según se acercaba el año 1000, brotó en Europa la obsesión por los lugares en los que vivió Jesús, lo que hizo crecer las peregrinaciones, propició la generación y renovación de órdenes religiosas y finalmente, formulada por san Bernardo la guerra santa, dio lugar a las Cruzadas y con ellas a las órdenes de caballería.

La primera en militarizarse y la más representativa de estas fue la Orden de los Pobres Conmilitones de Cristo, a la que el rey franco de Jerusalén, Balduino II, le entregó la que había sido su propia residencia, la mezquita de Al-Aksa, en la zona sur de la explanada antes ocupada por el Templo de Salomón. El centro de esta explanada estaba (y sigue estando) orgullosamente ocupado por la mezquita de la Roca, en la que sorprendentemente había un detalle cristiano de origen musulmán, al estar señalado el lugar de la ceremonia de la Presentación de Jesús y la Purificación de María. Los Conmilitones hicieron de esta mezquita su primera iglesia, pasando a ser conocidos como templarios, del Templo de Salomón, y su orden fue en adelante la Orden del Temple.4 Hasta tal punto se identificaron los templarios con el gran sabio bíblico que se consideraban “integrados en la fe de Salomón” porque, al erigirse en custodios del Templo, se asimilaban a los levitas, primeros custodios del sagrado lugar y del Arca de la Alianza allí guardada.5 La Roca fue así el primer templo templario (si se me permite la aparente redundancia), llegando a ser identificada con el Templo de Salomón. Y la devoción a la Presentación y la Purificación, mixtificada con la celebración arcaica de las candelas, se convirtió en preceptiva para los templarios, difundiéndose por Europa la fiesta de la Candelaria, antesala de la primavera.6

En el proceso de Reconquista de España, el milenio fue un periodo de europeización, mediante la asimilación de las corrientes culturales de Cluny y del Císter y la aceptación de la supremacía del papado. En ese contexto se conquistó Toledo en 1085, lo que provocó la respuesta musulmana de los almorávides en primer lugar y, luego, de los almohades, que conquistaron Sevilla en 1147 y la hicieron capital del nuevo imperio en 1172, con Abú Yacub Yusuf. Los almohades eran más peligrosos que los almorávides y fue necesario para la tarea reconquistadora el respaldo del papa a partir de Las Navas de Tolosa en 1212. La Reconquista fue así una Cruzada alternativa, que además –a diferencia de las de Tierra Santa– daba buenos resultados para la Cristiandad.

Con estos antecedentes, en cuanto se entró en la última década del siglo XV, y ante el inminente cumplimiento del medio milenio tras el primer milenio, el espíritu milenarista se instaló en la corte castellana. Fernando el Católico puso en práctica argumentos milenaristas para formar un grupo de nobles de cara a la conquista de Granada, sin descartar recuperar después Jerusalén, y tanto para él como para Isabel se hizo urgente culminar la cristianización de España antes de que se cumpliera el medio milenio.

También Cristóbal Colón estaba convencido de que sus descubrimientos serían prólogo de la recuperación de los Santos Lugares. No vamos a entrar (de momento) en los orígenes de Colón, pero lo que sí sabemos es que estuvo en Portugal, donde se casó con Felipa Moniz de Perestrello, hija de Bartolomé Perestrello, maestre de la Orden de Cristo sucesora del Temple y marino al servicio de don Enrique el Navegante.7 Sabemos que Colón tuvo acceso pleno a los mapas de la escuela náutica de Sagres, la fundación templaria de la Orden de Cristo y de su gran maestre don Enrique el Navegante, y que entre estos mapas estaban los valiosísimos de la familia judía de los Cresques, que había vivido precisamente junto a la casa del Temple en Ciutat de Mallorca, que así se llamaba entonces la capital balear.8 Sabemos también que Colón se apoyó en los franciscanos de La Rábida, enclave en la costa atlántica requerido con afán por los templarios en el repartimiento del alfoz de Sevilla,9 donde existió un ribat, un convento fortificado sarraceno, sobre el lugar llamado anteriormente “la peña (o roca) de Saturno”. Y sabemos que zarpó del vecino puerto de Palos con tres navíos en cuyas velas lucían cruces patadas rojas templarias. Ahí lo dejamos.

Con estos precedentes, parece evidente el sentido cruzado de la empresa. Pero este espíritu cruzado y milenarista seguramente ya existía antes, desde que el normando Jean IV de Bethencourt partió del puerto templario atlántico (!) de La Rochelle (la pequeña roca) para conquistar las islas Hespérides, las islas afortunadas, hoy las Islas Canarias, que resultaron ser una escala imprescindible para la aventura atlántica. Para la aventura atlántica de ida, que no para la de vuelta, lo cual, por cierto, ya conocía Colón. Por cierto que Bethencourt también estuvo por Sevilla.10

Así que, después de todo, quién sabe si este espíritu de Cruzada occidental no existía ya antes…

Colón estuvo muy vinculado a Sevilla. En la Cartuja de Santa María de las Cuevas encontró un amigo –el monje italiano Gaspar Gorricio– cuando empezó a tener problemas con los Reyes Católicos y con los franciscanos. En este lugar se hospedaba en sus estancias sevillanas, en él dejó su legado cuando marchó a la corte de Valladolid a reclamar lo que ya era un imposible –en realidad fue a Valladolid para morir–. Y en la capilla cartuja sevillana de Santa Ana estuvo su segundo enterramiento provisional, tras el entierro en la ciudad donde murió, hasta que sus restos, por deseo de su hijo Diego, se trasladaron en 1542 a tierras del Nuevo Mundo. Está acreditado que una parte de su cuerpo está en la Catedral de Sevilla desde la guerra de Cuba en 1898, junto a la siempre enorme representación de otro Cristóbal, el Christophorus original, el santo que lo fue por ser el primer portador de Cristo. Pero también hay un mausoleo de Colón en la Catedral de Santo Domingo.

Todo nos lleva a Salomón: el milenio y el medio milenio; el proyecto de imperio teocrático universal y la “inevitable” guerra santa, con los freires guerreros del Templo de Jerusalén y con la Reconquista; el espíritu cruzado, nobiliario y caballeresco; el ideal de conocimiento sinárquico y de justicia; la fiesta de la Candelaria… Y hasta Colón y su enterramiento: ¡otro cuerpo, como el de Alfonso X, partido salomónicamente en dos!



1. Montefiore, Simon Sebag. Jerusalén, la biografía
2. Apocalipsis 19 y 20
3. Apocalipsis 12
4. Un conmilitón es un soldado compañero de otro en la guerra. La voz “Temple” es un galicismo, por la aplicación directa de la voz francesa.
5. Alarcón Herrera, Rafael. La maldición de los santos templarios. El autor cita una manifestación del maestre portugués Gualdim País en este sentido.
6. Alarcón Herrera, Rafael. La otra España del Temple. La Orden de de los Caballeros Hospitalarios de San Juan (la que después sería Orden de Malta) ya existía cuando se fundó el Temple, pero no tenía fines militares, hasta que los incorporó siguiendo el ejemplo templario.
7. Childress, David Hatcher. Los templarios y el secreto de Cristóbal Colón
8. García Atienza, Juan.  El legado templario
9. Romero Gómez, Juan Antonio. Los templarios en el Reino de Sevilla
10. Alarcón Herrera, Rafael. La última Virgen Negra del Temple