martes, 25 de marzo de 2014

SEVILLA SALOMÓNICA (12: LA INMACULADA, JÚBILO DE CANTARES…)

La Cristiandad se ha sentido desde sus primeros tiempos inclinada, de forma emocional, a creer en la Inmaculada Concepción de María. En esa línea, con el argumento de la gracia de la regeneración, se significó san Agustín, el “Doctor de la Gracia”, tal vez el mayor pensador del primer milenio del Cristianismo, aquel desde cuyo oratorio africano vino la Virgen Negra de Regla, según los cronistas conventuales chipioneros del siglo XVII.

¿Virgen Negra? ¿Virgen Inmaculada? ¿Cómo es posible compaginar esto? Pues, sencillamente, ambos conceptos vienen compaginados desde el Cantar de los Cantares.

Ilustración de El Cantar de los Cantares de Ze'ev Raban (1890-1970)
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En el Cantar, la esposa, en la que la tradición ve a la Virgen María, se presenta: “Morena soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén”.1 Así, la negritud de la tierra fértil y de la materia primordial –la nigredo– se proclama compatible con la pureza de la entrega. Y la expresión del esposo (¿Dios?) es prueba de que así la acepta y reconoce: “¡Toda hermosa eres, amada mía, no hay tacha alguna en ti”!2 Más adelante, tras el relato de los hermanos –“Salomón tenía una viña en Baal-Hamón”– la esposa declara: “Mi propia viña ante mis ojos… ¡Los mil siclos para ti, oh Salomón, y doscientos para los guardas de su fruto”, y el esposo la reconoce, en consecuencia, como señora del vergel: “Oh tú, que moras en los jardines”.3 En el siglo III, san Hipólito, en su Comentario del Cantar de los Cantares, vio a María como el “Tabernáculo exento de toda corrupción”.4

A propósito de Baal-Hamón, hay que decir que, aunque el nombre se aplica a un lugar, así se llamaba el principal dios fenicio, y que en Sancti Petri han aparecido estatuillas de Baal-Hamón (o Baal-Hammon) y de Melkart, en el lugar donde probablemente estuviera el templo de Heracles, con sus dos columnas tirias.5

La escolástica del siglo XIII, queriendo sincronizar la fe y la razón, combatió el argumento inmaculista. El místico reflexivo que fue gran mariano universal, san Bernardo, no fue inmaculista precisamente.6 Sí lo fue, en el XIV, Ramon Llull, el que intentó inútilmente unir a los templarios y a los hospitalarios de San Juan. Y lo fueron los franciscanos, sobre todo a partir de las reflexiones de Juan Duns Escoto, al que saludó la Virgen, según cuenta la leyenda, inclinando la cabeza.

Ilustración de las
Cantigas de Santa María
Muchos reyes castellanos y españoles fueron devotos de la Inmaculada. Fernando III la llevaba en su estandarte, Alfonso X le dedicó sus Cantigas7 –que no dejan de ser cantares–, los Reyes Católicos defendieron la tesis ante el papa e Isabel favoreció la orden de monjas inmaculistas, el emperador Carlos recomendó fundaciones en honor del misterio, Felipe II mandó grabar la imagen en su escudo real…

En Sevilla se venían registrando cultos a la Concepción Inmaculada de María desde la conquista,8 aunque los vestigios más antiguos de la fiesta de la Concepción, como era llamada, pueden remontarse al rito mozárabe isidoriano.9 Así pintaron a Nuestra Señora los pintores desde mediados del siglo XVI. Valgan los ejemplos de Villegas y Marmolejo, Cristóbal Gómez o incluso un anónimo, ya en 1600. Antes, una de las iconografías del misterio inmaculista era el abrazo de san Joaquín y santa Ana ante la puerta dorada del Templo de Salomón, como pintó Alejo Fernández para la Catedral sevillana. Otra forma de inmaculismo artístico era el árbol de Jesé, la genealogía de Cristo, desde que el abad Suger, amigo de san Bernardo, lo plasmara en Saint Denis y luego se consolidara en la catedral de Chartres.10 Ahí están los templarios, que además construyeron en Villasirga la iglesia de Santa María de Jesé, hoy advocada de Santa María la Blanca, y en la que está el sepulcro del que iba a ser el primer arzobispo de Sevilla, el templario Felipe de Castilla, hijo de Fernando III.11

Inmaculada Concepción
Cristóbal Gómez
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Lope de Vega dedicó sus versos salomónicos a la Inmaculada: “Celebró Jerusalén/ del Rey Salomón las bodas,/ y admiráronse sus damas/ de ver la divina esposa/ porque en sus dulces Cantares/ llevó la fama sonora/ desde Palestina a Egipto/ la corona de su gloria”.12

Al comienzo del siglo XVII, Sevilla, aunque continuaba siendo la ciudad castellana que más contribuía “a los gastos del Reino”,13 estaba perdiendo influencia a pasos agigantados en la corte centralista de Felipe III y su valido el duque de Lerma. En este contexto de desencuentro entre Sevilla y Madrid, cundió la disputa teológica entre jesuitas y dominicos, iniciada en Salamanca en 1582.14

Un religioso recoleto de San Francisco, llamado fray Francisco de Santiago, oraba a la madrileña Virgen de Atocha, cuando esta le reveló la controversia que se suscitaría sobre el misterio de su Concepción, y le avisó que precisaría el favor real para su defensa inmaculista. Fray Francisco “se fue á la Reyna, que estaba desauciada, á quien dixo sanaría, y que las albricias de su salud fuesen su favor en amparar la causa de la Virgen: después se le apareció esta misma Señora vestida de blanco y de manto azul, trage de su Concepción.”15

Virgen de Atocha
Madrid
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¡Qué casualidad! La Virgen de Atocha es otra Virgen Negra, que protagonizó la historia mitológica de la diosa Cibeles y su enamorado Atis, que fue ocultada en un campo de esparto, un atochar, durante la dominación árabe, cuando Madrid no era más que un lugar en el camino entre Toledo y Zaragoza, y que además está relacionada con los templarios, en Madrid y en Sevilla, porque la entrada principal del compás templario sevillano no era otra que el arquillo de Atocha, a la entrada de la calle Atocha, hoy Gamazo. Allí, en el arquillo, estuvo una imagen mariana, replica de la madrileña y fuente de leyendas,16 que pasó a la iglesia del Sagrario cuando se derribó el arquillo en el siglo XIX, perdiéndose después.17

La competencia entre las órdenes incluso en términos de mercado de la enseñanza, en una Sevilla saturada de religiosidad, era enorme. A favor del misterio de la Inmaculada Concepción estaban los franciscanos del convento de San Diego y de la Casa Grande de San Francisco, donde se albergaba una cofradía del Santísimo Cristo del Perdón y la Limpia y Pura Madre de la Concepción y de la Oliva,18 de resonancias lebrijanas. Ambos cenobios desaparecieron en el siglo XIX. La Casa Grande dejó sitio a Plaza Nueva, quedando como reliquia el emblema franciscano en el arquillo.

Representación de la
riqueza espiritual de Sevilla
en la Glorieta de San Diego
El convento de San Diego, tras ser convertido en fábrica y luego en caballerizas de los duques de Montpensier, dejó su sitio al Casino de la Exposición, al teatro Lope de Vega, a la avenida de María Luisa y a la glorieta de San Diego, donde se simbolizaron la riqueza material y la espiritual, representada esta por una mujer con una pequeña Inmaculada en su mano.

Mientras los franciscanos predicaban el misterio al pueblo, los jesuitas lo difundían en las capas más cultas. Los teólogos de la recién fundada Compañía de Jesús se pronunciaron a favor de la llamada “piadosa creencia”.

Estatua de Juan de Pineda del
Monumento a la Inmaculada
Concepción de la plaza
del Triunfo
El escriturario y teólogo jesuita sevillano Juan de Pineda, profesor de filosofía y titular de cátedra de la Sagrada Escritura en Córdoba y Sevilla, director de la Casa Profesa de Sevilla y del Colegio de San Hermenegildo de Sevilla –autor de una biografía de Salomón, Salomo previus sive de rebus Salomonis libri octo, en la línea de Villalpando, contraria a Montano–, fue un ferviente inmaculista, enfrentándose con argumentos teológicos a la tesis de santo Tomás de Aquino y los dominicos, que estaban claramente en contra del dogma, y eso que, siguiendo la recomendación de Carlos V, tenían también en el convento de Regina Angelorum una hermandad del Santo Crucifijo y la Purísima Concepción de Nuestra Señora.19 La Concepción ya reinaba sobre los ángeles, hasta para los frailes predicadores. Pero las directrices provenientes del castillo de San Jorge eran taxativas y severas: María no estaba libre del pecado original.

El cabildo catedralicio recelaba de los inquisidores dominicos. Sevilla estaba a punto para su aportación primordial en el impulso definitivo hacia la consecución del dogma. Hay que destacar, al respecto, el papel del arzobispo que vino de Granada, el de la Congregación de la Granada, que vino de Lebrija y cuyos miembros fueron tachados de alumbrados, y el de la hermandad del Silencio. Lo veremos en la siguiente entrada.



1. Cantar de los Cantares 1,5
2. Cantar de los Cantares 4,7
3. Cantar de los Cantares 8,11-13
4. San Hipólito. Comentario del Cantar de los Cantares
5. Se recomienda la lectura de la primera entrada de esta serie
6. Díaz Ramos, Gregorio. Obras completas de san Bernardo
7. Álvarez Díaz, Cristina. La doctrina inmaculista en las Cantigas de Alfonso X el Sabio
8. Mena y Calvo, José María de. Todas las Vírgenes de Sevilla
9. Serrano y Ortega, M. Glorias sevillanas, noticia histórica de la devoción y culto que la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla ha profesado a la Inmaculada Concepción de la Virgen María desde los tiempos de la antigüedad hasta la presente época
10. Sáenz, María Jesús. Algunas representaciones del árbol de Jessé, durante el siglo XVI, en Sevilla y su antiguo reino
11. Se recomienda la lectura del capítulo 12 de la serie La casa de la Pajería y sus circunstancias: Un monte, unas aguas, unos caminos y un castillo.
12. Vega Carpio, Lope de. A la Concepción Inmaculada. Colección de las obras sueltas, así en prosa como en verso. Volumen 18
13. Domínguez Ortiz, Antonio. Orto y ocaso de Sevilla
14. Sánchez Jiménez, Antonio. El dogma de la Inmaculada Concepción como arma de confrontación territorial en la Sevilla del siglo XVII
15. Ortiz de Zúñiga, Diego. Annales eclesiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, metrópoli de Andalucía. El autor se vale de un relato de fray Pedro de Jesús María, que continúa en tono profético.
16. Alarcón Herrera, Rafael. La huella de los templarios: tradiciones populares del Temple en España
17. Pineda, Juan de. Salomo previus sive de rebus Salomonis libri octo
18. Carrero Rodríguez, Juan. Anales de las cofradías sevillanas
19. Bermejo y Carballo, José. Glorias Religiosas de Sevilla