jueves, 16 de octubre de 2014

SEVILLA Y LAS CRUCES DE CALATRAVA (19: CRUCES PARA INTERPRETAR LA ESPERANZA Y LA PUREZA…)

Un auto de fe general era un acontecimiento en cualquier ciudad.

Vista del Centro Temático Castillo de San Jorge,
sobre las ruinas del castillo de la Inquisición.
Se aprecia la puerta de Barcas.
Sevilla, la ciudad que había sido marco de la gestación de la iniciativa inquisitorial, y en la que se habían instalado los primeros inquisidores, tuvo el honor de ser la primera ciudad de España en celebrar un auto de fe.

Los autos de fe generales que se celebraron en Sevilla tuvieron toda la solemnidad y el tremendismo pretendidos, a fin de provocar en el pueblo la mayor devoción y el mayor terror al mismo tiempo. Se promovía a ultranza el temor de Dios.

El Castillo de La Inquisición en Triana (Sevilla) y la Torre del Oro.
Aguafuerte de Meunier (1165-1168)
www.personal.us.es.
Existieron también los autos de fe particulares, sin asistencia de autoridades civiles ni público. La mayoría de ellos se celebraron en Santa Ana mientras la Inquisición tuvo su sede en el castillo. Cuando se requería más solemnidad se usaba San Pablo el Real, y cuando se hundió el crucero del convento dominico se utilizó la Casa Grande de San Francisco. Durante el tiempo que la Inquisición estuvo en la casa de los Tavera, los autos de fe se celebraron en San Marcos. También hubo autos en San Vicente. Y estaban además los autillos, en los que se despachaban uno o dos reos con mínima publicidad, en las capillas propias, como la de San Jorge en el castillo.1

Pero centrémonos en los autos de fe generales, que, por su carácter público y por la implicación del poder civil –y aun del poder real–, han pasado a la Historia como el testimonio más elocuente de la operativa del Santo Oficio. Se convocaban incluso con un mes de antelación. Hay que tener en cuenta que la organización tenía que contar con los fondos suficientes para que el desarrollo del evento tuviera la necesaria dignidad y magnificencia. Un auto de fe general tenía un presupuesto importante. Y despertaba una gran expectación. Ya tres o cuatro días antes del auto, empezaba a llenarse la ciudad de forasteros interesados. Se podría decir que se cubría el 100% de la oferta de plazas de hostelería (léase “posadas”). Los últimos en llegar tenían que buscar acomodo en el campo.2

En el castillo de San Jorge, la víspera del auto, cerca del anochecer, se agrupaban por géneros los reos condenados a penas inferiores, en dependencias separadas. A los condenados a muerte, en celdas individuales, se les anunciaba su destino fatal y, por supuesto, se les invitaba a confesarse. Con los últimos resultados, se elaboraba la lista definitiva para el día siguiente.3

Azulejos relacionados con los
colgaderos del matadero municipal,
entre los que está el de la Inquisición.
Museo de la Cerámica
Ese mismo día, antesala del gran acontecimiento, se organizaba la procesión de la Cruz Verde. Los cofrades de la Vera Cruz recogían de los dominicos la cruz verde con su velo negro para trasladarla al altar reservado para el auto. La Inquisición tenía el verde como color corporativo, porque era el color que simbolizaba la esperanza prevenida en la firmeza de la fe. El velo negro que cubría la cruz era señal de luto melancólico, duelo maternal de la Iglesia por la pérdida espiritual de sus hijos extraviados. En la procesión iba también el estandarte del Santo Oficio, llevado por un ciudadano distinguido. Y tras él iban los familiares, comisarios y notarios de la Inquisición, y los representantes del clero regular y secular.

Estandarte de la Inquisición.
Siglo XVII.
Familia Palomares

Una vez en el altar del lugar donde acontecería el auto, la cruz y el estandarte eran escoltados toda la noche por frailes y curas, que no paraban de decir misas ante los familiares y monjas asistentes, bajo la protección de un destacamento de soldados.4

Pero, además, en toda la ciudad había procesiones por la exaltación de la Iglesia católica y la conversión de los reos, organizadas por órdenes, congregaciones, parroquias y cofradías. Entre estas procesiones era significada la presencia de la Compañía de Jesús y de los Niños de la Doctrina, siempre con sus candelas y encabezadas por una cruz.5

Momentos antes del amanecer del día del auto, el castillo y sus alrededores eran un hormiguero humano. En el patio se formaba la comitiva, portando ya los reos su sambenito y, en su caso, la coroza, en forma de mitra, o el capirote cónico, que distinguía a los herejes convictos. Se me figura que en Sevilla se utilizó de forma general el capirote, que habría perdurado hasta la actualidad como signo de autoinculpación cofrade. Por su parte, el sambenito era una especie de escapulario grande, un paño rectangular con un agujero para la cabeza, que, una vez puesto, llegaba hasta poco más debajo de la cintura por delante y por detrás.

Sambenitos según los delitos y las penas
Esta vestimenta infamante del reo, bendecida para el auto de fe, podía tener más o menos adornos, según la gravedad de los delitos y las penas. Los acusados a penas inferiores llevaban sambenito sin adornos y los reconciliados de levi o de vehementi lo llevaban con media cruz o cruz completa de San Andrés –no podía ser que los condenados llevaran la cruz de Cristo–. Los condenados tenían dibujadas llamas en el sambenito y en el capirote, indicando que el reo sería relajado al brazo secular, y ajusticiado por el poder civil, de tal manera que la Inquisición no se manchaba las manos de sangre. Había que distinguir: los condenados arrepentidos llevaban las llamas hacia abajo y los impenitentes las llevaban hacia arriba. Podía haber más dibujos en el sambenito, como diablillos o incluso una cabeza entre llamas, que muchos consideran que era representación del dios romano Jano, en su faceta de dios cornudo. Y el atuendo podía presentar otros detalles, como una soga al cuello, si el reo estaba destinado a las galeras del rey, o también rosarios, mordazas…6

Puerta de Barcas del castillo de San Jorge,
vista desde el interior
Para abandonar el castillo de San Jorge, la procesión  utilizaría seguramente la puerta de Barcas, entrada principal de la fortaleza y acceso directo desde esta al paseo de ribera y al puente. Encabezaban esta procesión de la ignominia los maceros de la ciudad junto con los pertigueros eclesiásticos, con la cruz parroquial de Santa Ana, aunque, siguiendo la normalidad general en España, abrirían camino los “soldados de la zarza”, en referencia a la Cruz Blanca o “de la zarza”, que tenía ramas de leña, como símbolo de la hoguera, y que era usada a estos efectos de forma general en España. La cruz parroquial de Santa Ana habría sido, por tanto, la cruz de la zarza en Sevilla.7 Es curiosa la simbología de la zarza, que representa la pureza virginal que se consume al arder (la única excepción a esto es la manifestación divina que presenció Moisés). Así que esta cruz blanca, que luego continuaría hasta el quemadero, era señal de bondad vinculada al fuego. No olvidemos que el blanco del hábito dominico es símbolo de la pureza del alma.8

Detrás iba el clero, seguido por los reos con letreros indicativos de su identidad y del delito, empezando por los monigotes de los fugitivos o fallecidos, que serían ejecutados en efigie. Lógicamente iban también en este tramo los huesos de los fallecidos en baúles con llamas pintadas. Tras las estatuas iban los penitentes descalzos, a cara descubierta, con sus sambenitos, sus capirotes en su caso, y sus cirios. Tras los condenados desfilaban los legajos de los procesos. Marchaban también los familiares y, finalmente, la presidencia formada por los inquisidores, el juez ordinario, el fiscal y los otros cargos.9 

El pueblo seguía en masa toda esta macabra y ejemplarizante parafernalia con devoción y apasionamiento. Para el puente de barcas era una prueba de resistencia. En el Arenal se montaban andamios, que se llenaban de público. Se comerciaba con los balcones. Era normal, porque se ofrecían indulgencias. Y además, al que no asistía se le empezaba a mirar como sospechoso. Por otra parte, para los allegados de un condenado, era la ocasión de comprobar si aquel pariente que desapareció seguía aún vivo, aunque fuera por poco tiempo, y qué sambenito llevaba. Y luego estaban los que satisfacían su venganza. En todo caso, estaba prohibido hablar con los penitentes, e incluso hacerles señas. Incluso se prohibió, a partir de 1559, tomar notas.10

Fragmento del plano de Olavide,
con el castillo en el ángulo inferior izquierdo
y la plaza de San Francisco en la zona superior
La procesión entraba en la ciudad por la puerta de Triana. En la primera época, la más furibunda, enfilaba la calle de Pajería (actual Zaragoza), pasando ante la casa que había sido prioral de la Orden del Temple y que entre 1576 y 1586 sería convento de carmelitas descalzas. La zona de la Pajería, que había sido compás templario, era estratégica, con casas pertenecientes al cabildo o a miembros del mismo, muchas de ellas dedicadas al oficio de la mancebía. Allí estuvo también, desde 1587, el hospicio de las “niñas huérfanas y desamparadas” que fundara el maestro provincial dominico fray Diego Calahorrano. Y allí tuvo la Compañía de Jesús su segunda casa pía, que se llamó del Dulce Nombre.11 La comitiva continuaba hasta el arquillo de Atocha, para continuar por Tintores (hoy Joaquín Guichot), bordear la Casa Grande de San Francisco y desembocar en la plaza del mismo nombre.12

En 1703 se celebró un auto de fe particular en el convento Casa Grande de San Francisco. Aun siendo particular, tuvo una gran relevancia. Para llegar al lugar del auto, la comitiva siguió en línea recta tras franquear la puerta de Triana, por la calle de la Magdalena (hoy San Pablo), y por Colcheros (hoy Tetuán), Cruz del Negro (tramo oriental de Albareda) y Manteros (hoy General Polavieja). Sin duda se quería pasar por delante del nuevo edificio del convento de San Pablo el Real, flamante y grandioso. Tal vez ello sirviera de inspiración directa a Lucas Valdés para pintar el fresco del suplicio de Diego Duro.13

En cuanto la severa y fatal procesión de la Cruz Blanca llegaba al lugar preparado la procesión, los inquisidores y las autoridades ocupaban sus lugares reservados. Y daba comienzo el auto de fe.



1. Llorente. Historia crítica de la inquisición de España. También El Auto de fe (www.gabrielbernat.es)
2. Eslava Galán, Juan. Historias de la Inquisición
3. González Montano (de Montes), Reinaldo. Artes de la Inquisición Española. Se especula con que este nombre de autor fuera en realidad un seudónimo de algún fraile huido de San Isidoro del Campo, probablemente Casiodoro de Reina, el traductor de la Biblia del Oso.
4. Pérez, Joseph. Breve Historia de la Inquisición en España
5. Ibíd. 2
6. Kamen, Henry. La Inquisición Española. Una revisión histórica. También, El Auto de fe (www.gabrielbernat.es)
7. Maqueda Abreu, Consuelo. El auto de fe
8. Cirlot, Juan Eduardo. Diccionario de símbolos
9. Ibíd. 4. También, Escudero, José Antonio. Estudios sobre la Inquisición
10. Zamora, Gaspar de. MDLIX: Este año no se predicó bula de cruzada, pero hizo la inquisición un solemníssimo auto contra los enemigos de la (fe), citado en artículo Recorrido histórico: Auto de Fe por las calles de Sevilla (www.edc.evidenciasdelcristianismo.com)
11. Se recomienda leer la serie de este blog La casa de la Pajería y sus circunstancias
12. Recorrido histórico: Auto de Fe por las calles de Sevilla (www.edc.evidenciasdelcristianismo.com)
13. González de Caldas, Victoria. ¿Judíos o cristianos?: el proceso de fe Sancta Inquisitio. Citado en artículo Recorrido histórico: Auto de Fe por las calles de Sevilla (www.edc.evidenciasdelcristianismo.com). Se recomienda leer el artículo 16 de esta serie, titulado Administrando la justicia de Dios y la devoción a su Madre.