miércoles, 8 de octubre de 2014

SEVILLA Y LAS CRUCES DE CALATRAVA (18: HISTORIAS Y LEYENDAS DEL CASTILLO QUE HABÍA SIDO CABALLERESCO)

La tarea inspectora de la Inquisición fue tan eficaz que las cárceles se vieron en poco tiempo aglomeradas. En Sevilla, la población reclusa desbordó muy pronto la capacidad del castillo de San Jorge, que llegó a tener encerrados a sesenta reos.1

No comas célebre Torrigiano.
Aguada de Goya
(Museo del Prado (Madrid))
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Uno de estos presos, según parece procesado y encarcelado en 1522, fue el violento Pietro di Torrigiano, el escultor que viajó por toda Europa difundiendo el humanismo escultórico italiano, el artista renacentista que incluso había “esculpido” de un puñetazo la nariz a Miguel Ángel. Estaba en Sevilla desde el año anterior. Había hecho para el monasterio de San Jerónimo de Buenavista el San Jerónimo penitente que está hoy en el Museo de Bellas Artes y que es pura plasmación tridimensional del humanismo. Y, también para el mismo convento jerónimo, había hecho una virgen, que tanto gustó al duque de Arcos que este pidió al artista que le hiciera una réplica. Hecha la copia, Torrigiano se sintió menospreciado cuando el duque le hizo el pago, y destruyó la escultura, por lo que el duque lo denunció por el sacrilegio y la Inquisición lo encarceló. Torrigiano habría muerto en San Jorge en una huelga de hambre,2 aunque hay también una leyenda que dice que se escapó haciéndose pasar por el prior de San Jerónimo de Buenavista, mientras que este, que había ido a confesarlo, se quedó en la celda.3 El colérico artista florentino tiene un sitio relevante en la historia de Sevilla. Como se le atribuía un tondo en el Hospital de las Cinco Llagas, se le dedicó una calle en la Macarena.4

En el castillo de Triana se colocó una placa, proclamando que en los primeros cincuenta años de trayectoria del Santo Oficio en Sevilla habían sido ejecutados en la hoguera más de mil reos, aunque parte de ellos lo habrían sido en efigie, y otros veinte mil abjuraron.5

Recreación virtual de la casa del inquisidor
en el castillo de San Jorge
En 1533, la Inquisición se enfrentó a Carlos I al encarcelar en Sevilla al benedictino erasmista Alfonso de Virués, al que el emperador solía escuchar. Carlos I intervino ante el papa. Solo después de cuatro años fue liberado el fraile, que ya había tenido que abjurar de sus “errores”.6

Por el castillo pasaron, muy a su pesar, todos los implicados en el brote de reformismo protestante que hubo en Sevilla, con foco en San Isidoro del Campo en la segunda mitad del siglo XVII.7

En Triana estuvo preso el canónigo magistral de la Catedral sevillana, Juan Gil, conocido como doctor Egidio, acusado de profesar ideas luteranas. Quien lo sucedió como canónigo, Constantino Ponce de la Fuente, llamado doctor Constantino, insigne y erudito teólogo que dominaba el latín, el griego y el hebreo, y que había sido capellán de Carlos I, fue también acusado de simpatizar con los reformistas, por lo que fue apresado y encarcelado en Triana, donde sufrió tormento hasta la muerte. La versión oficial ante el rey fue que el preso se había suicidado, pero, al menos en Sevilla, nadie la creyó. Y, sin embargo, el pueblo estuvo de parte del tribunal, inventando incluso coplillas ante la inminencia de la quema de sus huesos: “Viva la fe de Cristo y la santa Inquisición y quemen a Constantino perro malo engañador”.8

Vidriera de la Resurrección.
Catedral de Sevilla.
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Fueron prendidos todos los que se habían relacionado con estos dos doctores. Así llegó a las oscuras y húmedas cárceles trianeras el padre García Arias, prior de los jerónimos de San Isidoro del Campo, con otros nueve frailes más. Así fueron también encarcelados el rector del colegio de la Doctrina Cristiana Fernando de San Juan, la monja franciscana sor Francisca Chaves, el arriero Julián (Julianillo) Hernández, o señoras de ilustre familia como María y Juana Bohórquez, María de Virués o Isabel de Baena, que organizaba las reuniones clandestinas en su palacio, “el templo de la nueva luz”. Para encerrar a los religiosos bastaba con acusarlos de tener conversaciones con “sabor a luteranismo”; para arrestar a las damas, el motivo era que en sus tertulias se simpatizaba con el protestantismo. Julianillo fue acusado por traer de Ginebra, en toneles, libros del Nuevo Testamento traducidos al castellano, lo cual era gravísimo.9

Cada año se realizaban en España decenas de miles de procesos y ardían en las hogueras miles de condenados. Solo uno, el licenciado Francisco de Zafra, pudo fugarse del castillo trianero, por lo que fue quemado en efigie en 1559. Otros, por haber abjurado, tuvieron la suerte de morir agarrotados y que se quemara su cadáver. Estranguladas, aunque sin arrepentirse, murieron en el auto de fe de ese año tres Marías: María de Virués, María Coronel, del mismo linaje que la famosa homónima perseguida por Pedro I, y María Bohórquez, “tierna doncellita, no más de veintiún años”. Esta había confesado que su hermana (de padre) Juana conocía y aprobaba su conducta. Isabel de Baena fue quemada viva y su casa fue derribada en sus cimientos, colocándose en el solar un monolito de ignominia.10 También en este auto murió, tras haber sido encarcelado por estar envuelto en estas iniciativas de humanismo reformista, Carlos Brujes (de Brujas), el gran artista flamenco que sucedió a Arnao de Flandes como vidriero de la Catedral de Sevilla. Solo le dio tiempo a realizar la portentosa vidriera de la Resurrección, en el crucero, en el lado del Evangelio. Como vivió en su juventud en lo que hoy es el Tiro de Línea, recientemente se le ha dedicado allí una calle.11

En el auto de fe de 1560 fueron relajados en estatua los doctores Egidio y Constantino, que habían muerto en el castillo de Triana. Julianillo ardió en persona, como sor Francisca Chaves, entre otros. Y Juana Bohórquez, que había sido detenida tras la delación de su hermana, fue absuelta por no haber confesado, aunque “desdichadamente había perecido en el tormento que se le dio cuando estaba recién parida”.12

Tormento del potro o del garrote
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La “quistión de tormento”, el interrogatorio acompañado de tortura, se consideraba necesario cuando el tribunal apreciaba contradicciones en el reo, lo cual ocurría simplemente por el hecho de, reconociendo los hechos, negar la intención herética. Parece ser que al principio usaron la garrucha, colgando a la víctima por los brazos a su espalda, y la toca, introduciendo un trapo en la boca del reo, hasta la garganta, y echando agua. Gradualmente se fue empleando cada vez más el potro , en el que se enrollaba una larga cuerda por el cuerpo del reo, en puntos específicos, y se ejercía una acción de torniquete o garrote. Si eran torniquetes independientes, esta tortura era llamada de vueltas de mancuerda. El proceso estaba muy reglamentado.13

Nos los inquisidores contra la herética pravedad y apostasía….
Cabecera de pergamino de la Inquisición de Sevilla,
subastado por eBay procedente de Nueva York.
El Crucifijo, con Santo Domingo y san Pedro Mártir
y los escudos de la Inquisición y la Orden de Predicadores.

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El hacinamiento en las cárceles creó problemas nuevos, porque no se podía impedir que hombres y mujeres se comunicaran, con gran enfado por parte de la Suprema.14

Si se tenía dinero no incautado, se podía comprar la libertad. La Inquisición se había convertido en un gran aparato burocrático, ávido para el dinero. Más importante que quemar al reo era incautar sus propiedades. Pero lo primordial era mantener la seriedad, la severidad, la imperturbabilidad… y el miedo de la gente. Incluso cuando, en 1605, el papa permitió liberar por dinero a un nutrido grupo de ricos judaizantes portugueses en vísperas del auto de fe, los inquisidores se empeñaron y consiguieron celebrar el auto, cuyos preparativos estaban ya muy avanzados. Todo menos dar pie a que no se tomara en serio al Santo Oficio. Pero en toda España hubo que aminorar el ritmo y la presión sobre los colectivos que eran objeto de persecución.15

Callejón de la Inquisición
En San Jorge residió el Santo Oficio hasta 1626, en que lo abandonaría por el continuo deterioro de sus muros por culpa de la humedad permanente y las frecuentes riadas. En esta fecha, el castillo fue cedido al Conde Duque de Olivares, que lo restauró y vigiló. Quizá el valido pretendía que la Inquisición no se opusiera a su idea de permitir que volvieran los judíos que habían huido a Portugal, porque el reino estaba arruinado y estos judíos podían ser los nuevos acreedores.16

Mientras, el Santo Oficio residió en la casa palacio de los Tello Tavera, donde habían vivido los hermanos Bustos y Estrella Tavera, en la calle que pasó a ser conocida como de la Inquisición Vieja y que hoy se llama Bustos Tavera. El monumental palacio ocupaba la esquina con la actual calle Doña María Coronel, frente al convento de la Paz. En este tiempo, los autos de fe particulares se celebraron en la cercana iglesia de San Marcos, aunque también, ocasionalmente, en la iglesia del convento de las Dueñas.17

Libreto de Fidelio
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En 1639, el castillo de San Jorge, ya restaurado, volvió a ser ocupado por la Inquisición, que encontró en los judíos portugueses un nuevo foco de persecución, y que incluso acabó encausando al Conde Duque. El tribunal del Santo Oficio había conseguido, ciertamente, intimidar a la población. En 1652, en la sublevación que hubo en Sevilla, se asaltaron las cárceles y se liberó a los presos, pero nadie se atrevió con el castillo de San Jorge.18

Beethoven situó su ópera Fidelio (la única que escribió) en el siglo XVIII en una prisión cercana a Sevilla, en la que había presos de conciencia. ¿Podría ser otra? En la ópera, Leonora, disfrazada como el guardián Fidelio, rescata a su marido Florestán de una muerte cierta.19

El castillo caballeresco de San Jorge20 se había convertido en lóbrego y siniestro, propicio para la leyenda. Por no faltar, no faltan ni la imagen fantasmagórica de la niña vestida de blanco ni los ruidos de cadenas…

La Inquisición permaneció en el castillo trianero hasta 1785, en que se trasladó a lo que había sido colegio de la Concepción de Nuestra Señora, de los expulsados jesuitas.21 A principios del siglo XIX fue demolido el castillo. Se construyó el Mercado de Triana, como sabemos. Recientemente se han puesto en valor las ruinas.



1. Eslava Galán, Juan. Historias de la Inquisición
2. Vasari, Giorgio. Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos desde Cimabue a nuestros tiempos
3. Lauriño, Manuel. Leyendas y tradiciones de Triana
4. Una pintura redonda no puede ser un cuadro (lo que sería una contradicción in terminis); es un tondo.
5. Ortiz de Zúñiga, Diego. Annales eclesiásticos y seculares de la M.N y M.L. ciudad de Sevilla…
6. Kamen, Henry. La Inquisición Española
7. Se recomienda leer el capítulo 17 de esta serie, titulado Contra humanismo, Inquisición, así como el capítulo 8 de la serie Sevilla salomónica, titulado Salomonismo en la Reforma, salomonismo en la Contrarreforma, salomonismo enfín.
8. Burgos, Antonio. Guía secreta de Sevilla
9. Mena Calvo, José María de. Tradiciones y leyendas sevillanas
10. Llorente, Juan Antonio. Historia crítica de la Inquisición de España
11. Carlos Brujes (www.esasevilla.blogspot.com.es)
12. Menéndez y Pelayo, Marcelino. Historia de los heterodoxos españoles
13. Quistion de tormento (www.gabrielbernat.es). Se recomienda leer el capítulo 15 de esta serie, titulado El castillo de San Jorge y su sombra; la Inquisición y su sombra.
14. Ibíd. 1. También Las cárceles de la Inquisición sevillana (www.personal.us.es)
15. Ibíd. 1
16. Gómez Bravo, Gutmaro. Atlas de la civilización judía
17. González de Caldas, Victoria. ¿Judíos o cristianos?: el proceso de fe Sancta Inquisitio
18. Ibíd. 1
19. Beethoven, Ludwig van y Sonnleithner, Joseph von. Fidelio
20. Se recomienda leer el capítulo 12 de esta serie, llamado San Jorge, la caballería y la primavera.
21. González de León, Félix. Noticia histórica del origen de los nombres de las calles de esta M.N. M.L.Y M.H. ciudad de Sevilla…