lunes, 24 de noviembre de 2014

SEVILLA Y LAS CRUCES DE CALATRAVA (24: CRUCES EN LA GUÍA Y CON LA MADRE, Y CRISTO EN EL CENTRO)

El siglo XVI discurrió en una permanente y a veces sangrienta dialéctica entre el humanismo innovador y el dogmatismo que pervivía. El primero era antropocéntrico, en torno a la idea fundamental del hombre, imagen de Dios y criatura privilegiada, como centro del Universo. El segundo era intransigente, inquisitorial. Sevilla fue, como no podía ser de otra forma, escenario principal de este choque entre estas dos formas de entender la vida, la política y la religión –lo que en España venía a ser lo mismo–. De esta confrontación surgió una nueva mística, en dos líneas: una afectiva, cristocéntrica, protagonizada por franciscanos y agustinos, y otra intelectualista, escolástica y metafísica, protagonizada por dominicos y jesuitas. Ya en la segunda mitad del siglo, con Felipe II, surgió una síntesis, ecléctica, genuinamente española, que pretendiendo traer el cielo a la tierra, floreció, sobre todo, entre los carmelitas, los jardineros de Palestina.1

Stmo. Cristo de la Conversión del Buen Ladrón
www.sevilla.abc.es
Sevilla buscó su propia mística cristocéntrica, afectiva, pero apoyada en Trento. Puestos a admitir que el hombre era el centro de la creación, nada mejor que considerar a Cristo, el mejor hombre, como el centro de todo. Y, si la inteligencia humana era el valor que el hombre podía poner al servicio de la fe, nada mejor que contar con Cristo. Por eso, a partir de ahí, Sevilla concibió, incluso físicamente, un nuevo modelo cristífero, y el Cristo clásico del Renacimiento, prototipo apolíneo de belleza masculina, fue sustituido por el Cristo contrarreformista, humano pero dulcificado en cuanto a denotar la huella de la tortura. Esta filosofía de vida y de estética potenció el teatralismo y las procesiones. Luego, el fluir de la Historia dio paso al Barroco, una nueva forma de ver el Calvario, que buscaba conmover al pueblo mostrándole el sufrimiento y la agonía. En los oratorios, por supuesto, no era necesario exponer el sufrimiento físico de Cristo, sino el metafísico, como se evidencia en el Cristo de la Clemencia o de los Cálices, encargado por el arcediano jesuita Mateo Vázquez de Leca para la cartuja de las Cuevas a Martínez Montañés, en el del Desamparo y Abandono, del Cerro del Águila, que perteneció al noviciado de San Luis de los Franceses, y en el hoy universitario y procesional Cristo de la Buena Muerte, tallado por Juan de Mesa para la casa profesa de la Compañía, exento de sufrimiento incluso en su advocación.2

Se recuperaban en los siglos XVI y XVII aspectos del naturalismo gótico, que habían quedado al margen de la corriente inquisitorial dominante en el tránsito al Renacimiento. Porque en realidad el cristocentrismo había nacido con el gótico, en el siglo XIII, cuando la cruz de Cristo era el axis mundi, símbolo máximo de la contemplación y centro del mundo para Ramon Llull, el mismo que formuló y sistematizó los principios caballerescos en su Libro de la orden de caballería, un sutil y completo sistema ideológico dirigidos a los reinos. Recordemos también que, en coherencia con ese incipiente humanismo medieval, Llull no renuncia a la sensualidad, sino que la acepta siempre y cuando provenga de Dios.3

En el mismo siglo XIII, san Francisco de Asís, en su obsesión por ayudar al hombre a realizarse en la naturaleza y como hijo de Dios, humanizó la celebración de la Navidad e inventó el Belén. Se había traducido a la escala humana el heliocentrismo expresado en el “cristianismo cósmico”, proveniente del sustrato precristiano creyente en la salvación universal. Dios era ya accesible.4

San Bernardo
Pero hay que profundizar algo más, porque ¿habría sido así de no haber existido los Sermones de Navidad de san Bernardo, el “doctor melifluo” que, impregnado de espíritu caballeresco, predicó la Segunda Cruzada y apadrinó la Orden del Temple? Decididamente, no. San Bernardo buscó la humanidad salvadora de Cristo, que no nos desprecia porque nos comprende. Y en esta búsqueda encontró a la Madre de Jesús, porque la humanidad de Cristo trae consigo la mediación de su madre terrenal. San Bernardo fue un decidido promotor de la devoción a la Virgen María, rompiendo con los recelos anteriores. La orientación de su teología determinó un nuevo espiritualismo mariano, lleno de ternura, de afectividad y, en definitiva, de humanidad.5

Pues bien, he aquí que estos son, sencillamente, los valores de la religiosidad sevillana, cuyo sentimiento barroco, rico en matices y contrastes, sigue vigente, y cuya alma cofrade, intensamente mariana, está impregnada de un sentido caballeresco de raíz medieval, consustancial con un concepto de amor cortés, que, en el plano religioso, se tradujo en la veneración de María como nueva Eva.6 ¿Acaso no hay amor cortés en los besamanos de las Vírgenes de Sevilla?

Cruz de guía de la cofradía
de Montserrat
Un claro ejemplo de este barroco sevillano caballeresco, teñido luego de romanticismo, es la hermandad de Montserrat, que tiene en la Cruz de Calatrava su emblema.

Sus primeras reglas como cofradía de penitencia se aprobaron en 1601, aunque es posible que antes existiera como hermandad de luz. En 1650, la corporación, de orígenes evidentemente catalanes, se trasladó de San Ildefonso a San Pablo el Real, tras haberle cedido la comunidad dominica un solar en el compás. Ingresaron en ella los mercaderes de lienzos, que costearon la capilla, los cultos y la procesión, y propagaron la penitencia de San Vicente Ferrer. La hermandad rendía ya culto al pasaje de la Conversión del Buen Ladrón, la segunda palabra de Cristo en la cruz, refrendo del poder de la oración, tan cara a los predicadores.7

La conversión de Dimas había inspirado al dominico santo Tomás de Aquino a componer una breve oración: “Pido lo que pidió el ladrón arrepentido”. Y sin embargo no es san Dimas una figura muy venerada.8

Fachada de la capilla de Montserrat, en la que se aprecia
la hornacina de los Siete Dolores de María
La hermandad de Montserrat, que se declara vinculada o incorporada desde muy antiguo a las órdenes militares de Calatrava y Alcántara,9 recibió un nuevo impulso en 1851 tras la entrada de los duques de Montpensier, estrenando un paso de Cristo con cartelas de los escudos de la hermandad, de los duques, del cardenal Romo y de la Orden de Predicadores.10 En 1867 se unió a la primitiva cofradía del Rosario de San Pablo, aunque se separarían en 1941.11 En el siglo XIX, el convento fue invadido, saqueado y finalmente desamortizado.12 En 1873 se planteó el derribo del compás de San Pablo el Real por razones urbanísticas, siéndole ofrecida a la hermandad de Montserrat su actual capilla, que, dentro del mismo compás, había sido sede de la hermandad de la Antigua, Siete Dolores y Compasión, y desde la cual se promovió en el siglo XVII el rezo público del rosario.13 En realidad, esta capilla, aunque reformada, es lo que queda del compás. La hermandad de Montserrat se unió de nuevo en 2006 a la del Rosario.14

El Cristo de la Conversión del Buen Ladrón aparece entre los ladrones, dialogando con Dimas, en un paso compuesto con las nuevas tendencias realistas del XVII.15 Lo talló Juan de Mesa, el mismo autor del Cristo de la Buena Muerte y del Señor del Gran Poder, entre otros. Basta la simple observación para ver el parentesco del de la Conversión con el del Gran Poder, y cómo ambos muestran, a diferencia del de la Buena Muerte, las huellas del dolor físico en su humanidad, junto con su admirable energía.16

Ntra. Sra. de Montserrat
www.sevillaatravesdeunobjetivo.es
La virgen dolorosa de Montserrat podría ser de Martínez Montañés.17 Su figura no se corresponde con la ortodoxia de la representación barroca del dolor y de la Virgen dolorosa, que pide asimetría, escorzo; al contrario, presenta una imagen frontal, vertical y simétrica que no puede ser ajena a la actitud hierática de la Montserrat catalana, que transmite una distante majestad, como todas las Vírgenes Negras. La moreneta de Montserrat –de la que hay una miniatura en el paso de la sevillana– es una talla románica del siglo XII, icono del trono de la sabiduría, con un orbe en su mano derecha. El Niño bendice con su mano derecha mientras sostiene en su mano izquierda una piña, símbolo del tercer ojo, la glándula pineal.18 Un día tendré que empezar a tratar a fondo la relación de Sevilla con las Vírgenes Negras.

Trasera del paso de Ntra. Sra.
de Montserrat
La cofradía del Viernes Santo tiene cruces de Calatrava en todo el cortejo. Poco importa si su origen y profusión tienen un fundamento caballeresco o dominico.

La cruz de guía, con cuatro cruces de Calatrava plateadas, es una magnífica pieza de 1851; y también aparece la cruz de Calatrava, en aspas, en los antifaces de los nazarenos del Cristo, en este caso junto con la cruz blanca de Ocho Beatitudes de San Juan, la cruz de los hospitalarios de las Cruzadas. El característico manto de la Virgen, estrenado en 1866, trae, entre el gran collar de Carlos III, los símbolos del monarca Borbón, y el Toisón de oro, series de castillos, leones, flores de lis y cruces de Calatrava, en bordados de oro sobre el terciopelo azul; y también en el interior del palio y en sus corbatas lucen cruces calatravas.

Orla de cultos de la
hermandad de Montserrat
El libro de Reglas trae cuatro cruces medievales: las de Calatrava, San Juan, Jerusalén y Santiago. Y la simétrica orla de cultos de Montserrat, con una corona real portada por dos leones, es una clase de historia de órdenes militares: de arriba a abajo, tanto en la columna derecha como en la izquierda, la cruz de Montesa, la de Jerusalén montada por la de San Juan, las barras catalanas, la cruz de Alcántara, las cadenas de Navarra y la cruz de Santiago; al pie un escudo no oficial de la hermandad, con la cruz patriarcal, el Toisón y dos medallones, trayendo el derecho una cruz de Alcántara montada de una cruz de las Ocho Beatitudes negra y del sello IHS, y el izquierdo las armas de España; y, flanqueando el emblema corporativo, dos cruces de Calatrava.

Banderas concepcionista y
dominica rosariana,
en la vitrina de la
hermandad de Montserrat
Pero también está presente en el cortejo de la cofradía la cruz dominica, con el anagrama mariano rodeado del Rosario, en la bandera que habla de la vinculación histórica de la entidad con San Pablo el Real.

La Pontificia, Real, Ilustre, Antigua y Primitiva Hermandad de Nuestra Señora del Rosario y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Conversión del Buen Ladrón y Nuestra Señora de Montserrat es un ejemplo de síntesis: entre los catalanes y los castellanos, entre la monarquía, la aristocracia, la burguesía y el pueblo, entre el humanismo cristiano y la firmeza dominica, entre el cristocentrismo y el culto a la Virgen Negra, entre el clasicismo y el romanticismo, entre la humanidad de la Verónica y el dogma de la Fe.19



1. Menéndez y Pelayo, Marcelino. La poesía mística en España. También Sainz Rodríguez, Pedro. Introducción a la historia de la literatura mística en España. Se recomienda también la lectura del capítulo 4 de la serie de este blog La casa de la Pajería y sus circunstancias, titulado Tras la cruz verdadera, templarios, carmelitas y los vecinos franciscanos.
2. Roda Peña, José. El Crucificado en la Escuela Procesional Sevillana (Crucificados de Sevilla, tomo I) y Sebastián, Santiago. Arte y humanismo. También Mena Hornero, Antonio. Los crucificados. Iconografía e iconología (www.platea.pntic.mec.es)
3. Llull, Ramon. Libro de la orden de caballería. Vega, Amador. Ramon Llull y el secreto de la vida
4. Barriguín, fr. Hipólito. Francisco de Asís y el Belén de Greccio (www.franciscanos.es)
5. San Bernardo. Sermones de San Bernardo abad de Claraval… y también De aquaeductu
6. González Gómez, Juan Miguel. Sentimiento y simbolismo en las representaciones marianas de la Semana Santa de Sevilla. También Las cofradías de Sevilla: historia, antropología, arte, editado por Sánchez Herrero, José.
7. Evangelio de san Lucas 23, 39-43. También, aunque con relato más somero, Evangelios de san Mateo 27, 38-40, san Marcos 15, 32 y san Juan 19, 18
8. Cases, Enrique. Pbro. El Buen Ladrón (www.encuentra.com)
9. Bermejo y Carballo, José. Glorias Religiosas de Sevilla. Carrero Rodríguez, Juan. Anales de las cofradías sevillanas
10. Roda Peña, José. El paso procesional sevillano durante el siglo XIX, citado por Romero Mensaque, Francisco José, en el capítulo correspondiente a la hermandad de Montserrat en Crucificados de Sevilla, tomo II.
12. Martínez Carretero, Isabel O.Carm. Expolio del patrimonio artístico de órdenes religiosas de Sevilla (1810-1835) (www.dialnet.unirioja.es)
13. Bermejo, ob.cit.
14. Ibíd. 11
15. Moreno Navarro, Isidoro. Las cofradías sevillanas en la época contemporánea, una aproximación antropológica (VV.AA. Las cofradías de Sevilla, historia, antropología, arte)
16. Roda Peña, José. Imaginería procesional de la semana Santa de Sevilla
17. Bernales Ballesteros, Jorge y García de la Concha Delgado, Federico. Imaginereos andaluces de los siglos de oro
18. Cassaro, Richard. La Glándula Pineal. Secretos Ocultos Detrás del Arte de la Semilla del Pino y la Arquitectura (www.bibliotecapleyades.net)
19. En el cuerpo de nazarenos del Cristo desfila una representación de la mujer Verónica, con su paño, y, en el de la Virgen, una representación de la Fe, con un velo en los ojos.