viernes, 11 de septiembre de 2015

LA CUEVA LUMINOSA (15: LO CORTÉS Y LO CORTESANO)

El culto a la Virgen María y el fenómeno del amor cortés están muy relacionados. El amor cortés brotó en la Provenza occitana, la tierra de la lengua de Oc (hoy Languedoc, cuyo nombre significa, literalmente, lengua de Oc), en unas tierras que habían sido dominio de los cátaros y los templarios, hasta que los primeros fueron exterminados por la cruzada albigense inspirada por santo Domingo de Guzmán, en el año 1111, y los segundos fueron suprimidos por el empeño del rey francés Felipe IV y la servidumbre del papa Clemente V, entre 1307 y 1314.1 El concepto de amor cortés nació ligado a la literatura. Se afirma que era un producto de la inspiración literaria, aunque también hay que entenderlo como un elemento inspirador de literatura. Y se llamó cortés porque nació en la corte, que era el modelo de comportamiento social en una sociedad teocrática que pretendía reproducir en la Tierra el orden divino. Con estos principios, la relación entre el caballero y la dama era como un vasallaje. Y el trovador fue más respetado que los juglares plebeyos, porque sabía expresar cómo se aplicaban al amor virtudes como la nobleza, la sinceridad y el espíritu caballeresco.2

Ilustración de las Cantigas de Santa María
de Alfonso X el Sabio

La imaginería de loor a la Virgen se asemeja a la doctrina del amor cortés. San Francisco de Asís, cuya vida se interpreta en clave humanista y también en clave caballeresca, llamaba a su grupo los trovadores de Dios.3 Porque el amor a la Virgen se sentía como un espejo del amor cortés, pues mientras este divinizaba lo femenino, aquel feminizaba lo divino. Se asumía como adecuado aplicar a la Virgen el concepto del eterno femenino, grato, ameno, atractivo y deleitoso. Se veía a María idealizada en un amor imperecedero, a diferencia del de las demás mujeres. Y así se transmutaba la atracción humana en devoción mariana, ennoblecíendo la primera por ser la segunda de índole superior.4 Alfonso X el Sabio, tan vinculado a Sevilla, describe a la Madre de Dios en términos profanos, comparándola con las demás mujeres, con lenguaje trovadoresco. En las Cantigas está el rey, imbuido de amor cortés, como trovador vasallo de la Virgen, ante la audiencia de un grupo de cortesanos.5

Estampa del paso de la Virgen de la
Soledad de la Victoria, de Madrid
El atuendo de las dolorosas, con saya blanca y manto negro, había entrado en España porque la tercera esposa de Felipe II, Isabel de Valois, de origen francés, quiso que se reprodujera en escultura la iconografía de un cuadro de una Virgen de la Soledad (o de las Angustias) orante al pie de la cruz, que había traído de Francia. Realizó el encargo al escultor Gaspar Becerra, al tercer intento, tras un sueño en el que alguien le avisó que de un tronco de roble que se estaba quemando en la chimenea saldría la imagen. En 1565, la reina regaló la imagen, de vestir, al convento de los mínimos de Nuestra Señora de la Victoria o las Victorias, de la Puerta del Sol de Madrid. La Virgen podía procesionar con ropas de luto regaladas por la condesa viuda de Ureña, camarera mayor de la reina. Había nacido una nueva tipología de imagen mariana.6 Con el tiempo, tras la invasión de los franceses en 1808 y la destrucción del convento, la dolorosa de la Soledad de la Victoria llegaría a la iglesia del Buen Suceso de los servitas, al lado del convento mínimo en la Puerta del Sol.7

El modelo iconográfico de la reina dolorosa quedó definido también en Sevilla a finales del siglo XVI –el siglo del brillo y del lujo en la ciudad– ,8 por mucho que estas iniciativas para vestir a la Virgen de forma brillante y lujosa provocaran la protesta de los clérigos.9 En la centuria siguiente, cuando ya se veía que se acababan para Sevilla los días felices del Imperio, el cristocentrismo barroco resolvió la confrontación entre el humanismo renacentista innovador y el dogmatismo superviviente de la Edad Media. Sevilla encontró una mística afectiva apoyada en el espíritu del Concilio de Trento, pero recuperando aspectos del naturalismo del fin del gótico, postergado por la Inquisición, y volviendo a la fuente del marianismo de san Bernardo. Sevilla se identificó en una devoción a la Virgen llena de ternura, de afectividad y, en definitiva, de humanidad, valores que impregnaron y definieron la religiosidad sevillana. Y ahí seguimos, instalados en un barroquismo rico en matices y contrastes, informado de espíritu caballeresco de raíz medieval y de amor cortés por la nueva Eva.10 Sevilla es así, y por eso celebra los besamanos de sus Vírgenes, besamanos que son expresión de respetuoso amor cortés por ser el formato cortesano y galante del saludo a la dama. No en balde se llaman así –aún– las recepciones reales. Una de las tradiciones más arraigadas en la religiosidad de Sevilla es el besamanos a la Virgen de los Reyes, del que derivan seguramente los besamanos de las dolorosas.

Con Felipe V, que reinó entre 1701 a 1746, la corte española, que se había cerrado sobre sí misma con los últimos Austrias, se abrió a las influencias europeas. Felipe V reinó desde Sevilla entre 1729 y 1733, y la ciudad fue cortesana, lugar de fiestas y de aristocracia, de protocolo y etiqueta, experimentando un gran impacto artístico, económico y social. Al arte sevillano tradicional se sumaron los artistas que vinieron. Fue un fenómeno sin precedentes de regeneración de las artes sevillanas,11 aunque durante el reinado del primer Borbón no se produjera ningún hecho cofrade digno de mención.12

Nuestra Señora de
Montserrat

En la segunda mitad del siglo XVIII se impusieron para las imágenes marianas las faldas acampanadas, que daban un aire triangular y rígido, enfatizando la importancia de la corona, el atributo de realeza, de victoria y de dominio. A partir del segundo tercio del siglo XIX se hizo normal el uso del color, siguiendo el gusto cortesano, aunque hasta mediados del siglo, a pesar del ejemplo madrileño, la mayor parte de los mantos y sayas sevillanos, además de los palios, eran morados o negros.13 En el curso del siglo se enriqueció la indumentaria, con intención efectista, siguiendo las ideas decorativas del sentir cortesano de la época. La saya actual de la Virgen, finalmente, está basada en el traje de la corte que surgió a finales del siglo XVIII y se prolongó durante casi todo el siglo XIX.14

En 1868 se planteó que se hiciera una saya blanca bordada en oro para la Virgen del Rosario de Monte-Sión, sin sacrificio para la Hermandad,15 porque la Virgen del antiguo convento dominico de Nuestra Señora del Monte Sión, con su manto negro, debía vestir como los frailes predicadores. Luego vendría el manto blanco de bullón para esta dolorosa, combinando con el negro de sus faldones. La saya blanca proliferó a finales del siglo XIX, aunque siguió habiendo casos característicos, como el de la Virgen de la Presentación, combinando saya guinda y manto azul, por mantener las esencias cromáticas inmaculistas anteriores a Pacheco.16 Hoy son numerosas las sayas blancas, que enfatizan la pureza mariana, además de las clásicas negras, que denotan luto, y las azules que testimonian el proverbial inmaculismo sevillano.

Con el siglo XX llegó la explosión de color y de júbilo que supuso la aportación de Juan Manuel Rodríguez Ojeda, fundamental para entender la estética cofrade actual. Se impuso el uso del terciopelo y los rasos de variados colores. Pronto se empezó a utilizar el tocado, una mantilla española, un velo de tul o un tejido de raso o seda, blanco o de color crema, versión sevillana del schebisim que usaban las mujeres de Nazaret para enmarcar su rostro.17 Tras el primer tercio del siglo empezaron a enriquecerse los vestidos de las Vírgenes, con muchas joyas a mediados de siglo, hasta llegar el punto de equilibrio actual.18 Para entonces, se había gestado la iniciativa de vestir de hebrea a la Virgen en Cuaresma, dando aplicación directa al austero schebisim.

Imposición de la Medalla de Oro de la
Ciudad por el alcalde Sevilla a María
Santísima de Regla


En Semana Santa hizo fortuna la moda del pecherín, que resultó ser lugar idóneo para condecoraciones, como la Medalla de Oro de la Ciudad que llevan la Macarena, la Esperanza de Triana, la Virgen de Regla, la Hiniesta, la de la Victoria, la de Gracia y Esperanza, que la lleva como timbre de gloria del propio escudo de la hermandad... La medalla de Sevilla es la forma que tiene la ciudad institucional de reconocer la devoción mariana de su pueblo y su influencia, aun fuera de la ciudad. Hasta la Macarena de Madrid tiene la Medalla de Oro de Sevilla.

Nuestra Madre y Señora
de la Merced

El pecherín es también lugar para un broche con el nombre de la advocación, como tantas lo llevan, o para una cruz pectoral, como la Amargura, o para medallas; es el lugar para que María Santísima de las Mercedes y Nuestra Madre y Señora de la Merced, además de María Santísima de los Dolores y Misericordia, ostenten el escudo de la orden que fundaran en Barcelona el rey Jaime I y san Pedro Nolasco. En el pecherín de la Esperanza de Triana está el ancla. Dos palmas de la victoria adornan los pecherines de dos dolorosas de la Palma del Miércoles Santo, la franciscana que se titula Nuestra Señora y la que ostenta el título de Madre de Dios. Del pecherín de esta dolorosa, que antes de ir bajo palio miraba al Cristo de Burgos, cuelga la medalla de oro de esta ciudad castellana.

El pecherín es lugar para las mariquillas de verde esmeralda que Joselito regaló a la Macarena, para las flores de rubíes y brillantes que lleva la Virgen de Regla o para las flores blancas que lleva la Virgen del Rosario; es el sitio para las estrellas que adornan a la que es la Estrella reina del cielo. Y es, por supuesto, el lugar del puñal del Pasmo.19

Saya y fajín de Nuestra Señora
de la Encarnación
En la cintura, la Virgen lleva a menudo un fajín hebreo con franjas transversales de colores. Hay detalles significativos, como la cintura de la Virgen de la Encarnación que testimonia que allí se produjo la Encarnación del Verbo, adornada con flores de amatista o con la propia paloma del Espíritu Santo. Muchas dolorosas llevan significativos cíngulos en forma de V.20 Y las hay que llevan fajines militares, pero de eso ya hablaremos en otro momento.




1. Blaschke, Jorge. El enigma medieval
2. Courtly love (www.lordsandladies.org) citado en www.es.wikipedia.org
3. Merino, J. Antonio. Humanismo franciscano: Franciscanismo y mundo actual
4. Chiong Rivero, Horacio. La Domna celestial: las imágenes sacroprofanas en las Cantigas de loor de Alfonso X, en Dejar hablar a los textos. Homenaje a Francisco Márquez Villanueva. Edición de Pedro M. Piñero Ramírez. Universidad de Sevilla
7. Delclaux, Federico y Sanabria, José María. Santuarios marianos de Madrid
8. González Gómez, Juan Miguel. Sentimiento y simbolismo en las representaciones marianas de la Semana Santa de Sevilla, en Las Cofradías de Sevilla - Historia, antropología, arte
9. Mañes Manaute, Antonio. Esplendor y simbolismo en los bordados, en Sevilla penitente, tomo III
10. González Gómez, ob.cit. Se recomienda leer el artículo 24 de la serie de este blog Sevilla y las cruces de Calatrava, titulado Cruces en la guía y con la Madre, y Cristo en el centro.
11. Sevilla, la corte ideada para Felipe V (www.elmundo.es)
12. Sánchez Herrero, José. La Semana Santa de Sevilla
13. Mañes, ob.cit.
14. Sanz Serrano, María Jesús. Las artes ornamentales en las cofradías de la Semana Santa sevillana, en Las cofradías de Sevilla - Historia, antropología, arte
16. Pacheco, Francisco. Arte de la pintura, su antigüedad y su grandeza, citado por Parejo Delgado, María Josefa en La iconofrafía de la Inmaculada Concepción en las parroquias sevillanas.
17. Fernández Merino, Eduardo. La Virgen de luto
18. Mañes, ob.cit.
19. Se recomienda leer el capítulo 3 de esta serie, titulado La calle de la Amargura
20. Se recomienda leer el capítulo 10 de esta serie, titulado Valle se escribe con uve.