lunes, 12 de octubre de 2015

LA CUEVA LUMINOSA (19: AIRE FEMENINO PARA SUBLIMAR LA CATARSIS Y PARA EXALTAR LAS EMOCIONES)

Hasta el siglo XIX, todos los palios eran luctuosos, sobrios y severos; eran palios de cajón, sin ninguna concesión a la creatividad estética en el remate de las caídas. En la segunda mitad del siglo empezaron a verse ejemplos innovadores en el color y la forma. Las bambalinas de Montserrat, de 1855, de valiente y menudo diseño asimétrico, exteriores a los varales y con corbatas angulares, trajeron un azul oscuro de cielo estrellado, adornado con las flores de las virtudes marianas. Como otra corriente, se diseñaron palios negros con grandes hojas de acanto y hojarasca, como el de cajón de la Virgen de Loreto, que hoy es de la Virgen de las Tristezas, en 1885, o el del Mayor Dolor en su Soledad, de 1886, que ya apuntaba la tendencia de vincular las caídas a los espacios entrevarales. En 1898, las bambalinas de cajón de la Virgen de las Lágrimas remataban en una línea curva, como un dosel, con un sutil toque femenino en sus sedas de colores.1

Monumento a Juan Manuel
Rodríguez Ojeda
Pero en 1901, Juan Manuel Rodríguez Ojeda, con el palio azul de la Amargura, rompió definitivamente los esquemas y trajo la alegría al paso de palio. Floreció el arte exuberante del bordado de realce, que llenó de motivos vegetales y simbólicas figuras de oro abultado los terciopelos de los palios y vinieron para quedarse el color y la curva. Fue un fenómeno cultural popular, pero culto, y según avanzaba el nuevo siglo se fue desarrollando y consolidando el estilo.

Nuestra Señora de la Hiniesta
De 1906 son las bambalinas de la Hiniesta, de un azul claro lánguido y tranquilizador, tono de bondad, de lealtad y de gloria, de un alto cielo, ya diurno, bordado con la albedo de la plata, en busca de la inocencia y del perdón.2

También es de cielo de azul y plata el palio de la Candelaria, de 1924. Y de 1929 es el palio neogótico de Nuestra Madre y Señora de la Merced, con hojas de cardina sobre terciopelo azul y medallones de Cristo Salvador del Mundo, los apóstoles y las patronas santas Justa y Rufina. El concepto de palio de cielo se mantuvo con el Dulce Nombre, la Palma, las Angustias, los Ángeles o la Estrella, y con el de la Virgen de Guadalupe, que tiene a la Inmaculada de la plaza del Triunfo, fiel a la iconografía de Murillo, bordada en sus bambalinas.3

Se había abierto la puerta a una nueva forma de entender el marianismo; se había dado cauce a la alegría en Semana Santa. Con los colores vino la exaltación de las emociones, que hasta entonces se diría que estaban referidas únicamente a la contrita devoción a la Virgen dolorosa. Y con las curvas y los picos de las bambalinas la devoción mariana se impregnó de matices, contemplando las virtudes femeninas en la Virgen, para alabarla y consolarla a un tiempo. Entraron nuevos elementos decorativos: caracolas, anillas, conchas, macetillas, salcillos, piñones,... que se sumaron a los elementos de cerrajería sevillana y diseños populares de los mantones de Manila. Llegaron las sedas, los terciopelos, las mallas, las telas caladas, los efectos aéreos y translúcidos. Se multiplicaron los elementos decorativos y simbólicos, se buscó la armonía, y se atendió al dinamismo de la marcha del paso, dándole un aire femenino al hacer bailar rítmicamente las bambalinas con las mecidas.4 Y la experiencia simultánea del arrepentimiento y la compasión –dos caras de una misma moneda en Semana Santa– condujo al pueblo sevillano a una suerte de purificación catártica.5

Maria Santísima de la Estrella
Pero he aquí que ese proceso de feminización de las caídas del palio en el siglo XX viene a ser como el proceso alquímico de la sublimación, el peldaño que sigue a la calcinación por el fuego sagrado,6 a la “noche oscura del alma”, a la soledad y la desolación,7 a la angustia existencial de la fase iniciática. La sublimación alquímica supera la nigredo que representa la materia prima para la gran obra, la piedra sobre la que pone sus pies la Virgen;8 es como una resurrección que hace etéreos los sólidos; es un momento imponente e inspirador, transportador y elevador, trascendente y magnífico, que levanta las barreras del tiempo y del espacio; es un instante santo, perceptible solo por los iniciados, una súbita experiencia de alegría, una llamada al refugio de la paz interior.9 Solo la sublimación hace la paz entre el cuerpo y el espíritu.10 Sevilla, buscando esa paz, más allá de los renglones torcidos del siglo XX, sintió haberla encontrado en el paso blanco y argénteo de la Virgen de la Paz, en plena posguerra.11 Pero volvamos a los primeros años de la pasada centuria.

Juan Manuel realizó en 1908 el palio rojo de la Macarena, con bambalinas de malla de oro, fusionando a la perfección, de forma revolucionaria, lo erudito y lo popular. El palio se perdió, pero la idea no podía perderse, y ese palio sirvió de inspiración para el que hoy presta su calidez a la Esperanza Macarena en la Madrugada del Viernes Santo.12

Siguió vivo el modelo de palio de cajón de un rojo granate, siguiendo el ejemplo del de la Victoria, y Rodríguez Ojeda creó el del Mayor Dolor y Traspaso y el de la Presentación, que recuerda la iconografía inmaculista anterior a Pacheco al combinar con el azul del manto. Casi es de cajón el palio granate, más moderno, de los Dolores de Santa Cruz, con cartelas de símbolos de la Letanía Lauretana. En 1924, Juan Manuel firmó el paso del Subterráneo, armonizando morado, azul y rojo, aún con ecos decimonónicos. Con el morado se exaltaron el arrepentimiento y la penitencia, como ocurriría más tarde, en 1954, con el palio de la Caridad del Baratillo.13

Maria Santísima de la
Amargura

Las bambalinas juanmanuelinas se hicieron ya rojas en el palio de la Amargura, en el de Madre de Dios de la Palma y en los póstumos del Refugio y de la Encarnación. El rojo pasional, a lo largo del siglo, caracterizó el dosel del Valle, bordado en plata, y las bambalinas de Regla, de la O, de la Angustia o del Buen Fin.14 Se mostraban ya, abiertamente, los sentimientos de pasión y martirio, porque el rojo es la esencia y la expresión culminante del color, referente de actividad y de intensidad, de fuerza y de calor, de la sangre palpitante y del fuego, de los sentidos vivos y ardientes, del amor apasionado.15 La obra en rojo, la rubedo, es la tercera fase de la gran obra, el tono de la evolución espiritual.

La religión y la alquimia tienen más paralelismos de lo que se reconoce.16 La exaltación es, en la gran obra alquímica, el peldaño en el que se convierten los cuerpos existenciales en oro puro y es con el oro como se alcanza la piedra filosofal. Porque el oro es imagen de la luz solar y de la inteligencia divina, de los bienes espirituales y de la iluminación suprema, y simboliza todo lo superior. Por eso en el oro está la gloria en la liturgia católica.17

María Santísima del Rosario en sus
Misterios Dolorosos

Tenían que proliferar las bambalinas de oro siguiendo el modelo de la Macarena, y proliferaron. Y el paso de palio alcanzó su máxima expresión gloriosa, desde la ligereza de las bambalinas de la Virgen del Socorro hasta la gravidez de las del Patrocinio, desde la contención de las de los Desamparados hasta la magnificencia de las de la Esperanza de Triana, estando en medio las de la Virgen de la Salud que hacen dorado el paso blanco del barrio León, las de las Aguas del Museo de agudas formas triangulares, las de la Aurora del Domingo de Resurrección y las de la Regina Sacratissimi Rosarii de Monte Sión, de motivos vegetales y hojas de acanto, rematadas por jarrones de flores a modo de airosa crestería, y cuya música se acompaña del tintineo de los rosarios que cuelgan de los varales.18 En este palio de la Virgen del Rosario, sobre el negro de sus faldones y el blanco de su manto abullonado –los tonos distintivos de la Orden de Predicadores–, luce en su palio, directamente, el oro de la perfección, como la estrella que adornó la frente de santo Domingo de Guzmán.19 El paso, más reciente, de la otra Virgen del Rosario, la del Polígono de San Pablo, nos describe la cruz trinitaria con su palio azul combinado con el manto rojo. Pero hay también un oro inmaculista junto al palio celeste, en las bambalinas de la Virgen de Consolación, como el sol que reviste a la mujer del Apocalipsis.

Nuestra Señora del Patrocinio

Porque esta vieja urbe siempre ha salido de los episodios apocalípticos exaltando su devoción a la Virgen María. Después del desastroso siglo XIV, con una epidemia de peste y una guerra por el trono, y con el conflicto que degeneró en la destrucción de la judería, no pensó en otra cosa que en edificar una catedral que hiciera que nos tomaran por locos. Después de la peste de 1649, se amparó en la devoción a la Inmaculada Concepción, viéndola, por los ojos de Murillo, reinar en el cielo que profetizara Juan de Patmos.20 Y tras el convulso siglo XIX y el desastre del noventa y ocho, en medio de la debacle y la desmoralización, en ese momento crítico, encontró la forma de exaltar sus emociones marianas, personificando en Ella su esperanza.

Por eso, finalmente, florecieron las bambalinas verdes para mostrarnos el camino. Pero, como la piedra primordial representada por el león verde escondido en la cueva de la montaña, que, tras vencer al dragón, se yergue para “devorar” el sol de oro, solo podremos emprender ese camino si nos hacemos espiritualmente de oro, tras vencer al dragón de nuestras propias imperfecciones. Solo así el neófito se convierte en iniciado y podrá comprender el Apocalipsis.21

María Santísima del Rocío
El verde sustancial, primigenio, es el del palio de la Virgen del Sol. Y el verde exultante de esperanza y de honra, de juventud y belleza, de purificación y regeneración, es el que vemos en las bambalinas de la Esperanza de la Trinidad y en las de la Esperanza aunada con la Gracia de San Roque. Y es el que vemos en las bambalinas libres, verdes y áureas, con sus conchas santiaguinas y sus cuernos de la abundancia, de la dolorosa del Rocío.22 Es coherente, porque el sagrado rocío, el agua sutil y pura que desciende del cielo anunciando la aurora, alude a la iluminación espiritual, porque es condensación del espíritu celeste, energía del creciente calor del sol y elemento fundamental para alcanzar el elixir de la vida, porque es agua portadora del secreto del aire, a punto de volverse tierra con el fuego secreto de la naturaleza.23 Todos intentaban atrapar sus gotas en primavera, en las noches de luna llena, porque confería la inmortalidad. Para los orientales, el “árbol del dulce rocío”, en la montaña sagrada, era el eje del mundo.24

Siempre la piedra, siempre la cueva, siempre la montaña, siempre el centro del mundo. Y siempre la Virgen para purificarnos tras cada Apocalipsis.



1. Mañes Manaute, Antonio. Esplendor y simbolismo en los bordados, en Sevilla penitente, tomo III
2. Mañes, ob.cit. Cirlot, Juan Eduardo. Diccionario de símbolos
3. Mañes, ob.cit.
4. Mañes, ob.cit.
5. “Catharsis (criticism)” - Encyclopedia Britannica (www.es.wikipedia.org). Sobre la relación de la catarsis con la nigredo, cfr. el Manual del caballero Rosacruz de Aldo Lavagnini (Magister).
7. San Juan de la Cruz. La noche oscura del alma. En el poema y el tratado del místico carmelita se narra el viaje del alma desde el cuerpo muerto hasta su unión con Dios.
8. En la Catedral de Toledo se puede observar, tras una reja, la piedra en la que puso sus pies la Virgen cuando se apareció para imponer la casulla a san Ildefonso (www.leyendasdetoledo.com). Se recomienda leer el capítulo 2 de esta serie, titulado El centro del mundo.
10. Las Heras, Antonio. Alquimia
11. Se recomienda leer el capítulo 6 de esta serie, titulado La albedo.
12. Mañes, ob.cit.
13. Mañes, ob.cit.
14. Mañes, ob.cit.
15. Cirlot, ob.cit.
16. Arola, Raimon. Alquimia y religión
20. Apocalipsis 12: 1-6. Se recomienda leer el capítulo 7 de esta serie, titulado La Virgen en el cielo y el cielo en la ciudad.
21. Arola, ob.cit. También www.concienciadeser.es
23. Martínez Gallardo, Alejandro. El rocío (www.m.pijamasurf.com)
24. Cirlot, ob.cit.