miércoles, 17 de septiembre de 2014

SEVILLA Y LAS CRUCES DE CALATRAVA (15: EL CASTILLO DE SAN JORGE Y SU SOMBRA; LA INQUISICIÓN Y SU SOMBRA)

El Tribunal del Santo Oficio había sido fundado en 1478 por los Reyes Católicos. Se siguieron en esta Inquisición moderna las pautas de la Inquisición medieval instituida en el siglo XII para combatir el catarismo, una corriente de interpretación del cristianismo que se apartaba de la oficial, pero que no hacía daño a nadie, si hacemos salvedad de la insumisión en el pago de diezmos y primicias. La Inquisición medieval tuvo un papel fundamental luego en la persecución de los templarios, urdida por Felipe IV de Francia, y en la que el papa francés Clemente V resultó ser un peón más. En el siglo XV estaba prácticamente inactiva, pero revivió a partir del luteranismo. En 1553 fue quemado en Ginebra Miguel Servet por los calvinistas, por negar la Santísima Trinidad.1

La Iglesia tenía su justificación teológica en el capítulo 15 del Evangelio de San Juan, Jesús, la vid verdadera: “Al que no esté unido a mí, se le arrojará, como al sarmiento que se seca, que lo recogen, lo echan al fuego y arde”.

Detalle del panel informativo del castillo de
San Jorge. En la lápida representada
está el escudo de la Inquisición
inscripto en la Cruz de Calatrava
La Inquisición española era un elemento de unidad nacional, porque la Inquisición medieval había pervivido en Aragón. Dado el protagonismo que santo Domingo de Guzmán había tenido en la Inquisición medieval, la nueva Inquisición española, verdadera policía teológica, fue adjudicada a la Orden de Predicadores, los “campeones de la fe” y “luces verdaderas del mundo”, con la misión de defender con renovados bríos la ortodoxia católica frente a las nuevas desviaciones. También fue importante la aportación ideológica de un arzobispo de Sevilla, inquisidor general, que, sin embargo, no residió aquí aunque sí vino para bautizar al príncipe Juan: Pedro González de Mendoza, el hijo del marqués de Santillana que fue llamado “el tercer rey” y “el gran cardenal de España”, el que cambió su título para adoptar el de la Santa Cruz, el fundador del colegio de Santa Cruz en Valladolid, del hospital de Santa Cruz en Toledo… y de la parroquia de Santa Cruz en Sevilla, sobre la antigua judería devastada, poniendo el germen de lo que con el tiempo sería, en definitiva, el más famoso barrio de la ciudad.3

En Sevilla había vivido una comunidad judía importante, y existía, por tanto, una numerosa población de judeoconversos, criptojudíos o marranos, todos sospechosos de judaizar. Pero había también una abundante comunidad morisca. Y, además, la ciudad sería protagonista en el tráfico con América, convirtiéndose en un gran centro mercantil abierto a todas las naciones, con los riesgos que esto implicaba para la ortodoxia católica. Sevilla estaba destinada a ser, por tanto, la capital espiritual –y efectiva– de la Inquisición española. Los Reyes Católicos ejercieron sobre este severo tribunal eclesiástico un interesado y eficaz control, y el Santo Oficio fue, de hecho, un instrumento para frenar el poder económico de los judíos y de los nobles fronterizos.4

Retrato del cardenal Mendoza
En 1480, siendo arzobispo el cardenal Mendoza, dos de los tres inquisidores designados se instalaron en Sevilla. La primera sede inquisitorial sevillana, el convento dominico de San Pablo el Real, junto a la puerta de Triana, pronto se saturó de presuntos herejes y pecadores. Y en 1481 la Inquisición ocupó el castillo de San Jorge, un recinto amplio, para destinarlo a ser la cárcel preventiva. A finales del año anterior aún vivían en la fortaleza los llamados Adalfes de Triana, hermanos judeoconversos que habían participado en la conjura de la casa de Diego Susón, y que murieron en la hoguera, como todos los conjurados, en los autos de fe de 1481.5

La primera tenencia del castillo estuvo a cargo del asistente Diego de Merlo, que fue sucedido por su hijo Juan. En el interior se habilitaron veintiséis cárceles secretas, además de la capilla parroquial de San Jorge, la sala de audiencias y las estancias del inquisidor, de los jueces y oficiales, y de los verdugos.6 En la parte baja de la torre de San Jerónimo, orientada a la actual calle Callao, estaba la cámara de tormento. Las cárceles altas en ocho de las torres y las bajas, a nivel del patio, expuestas a humedades e inundaciones, estaban incomunicadas. En la puerta principal, los inquisidores habían inscrito la cita “Cazadnos las raposas, las raposas pequeñas que estropean la viña”, del Cantar de los Cantares.7

Callejón de la Inquisición
Al frente de cada tribunal había dos inquisidores: un teólogo y un jurista, generalmente frailes, sobre todo dominicos, expertos en dogma y herejía. En menor medida hubo franciscanos. Luego vinieron los jesuitas, aumentó el número de sacerdotes y hubo más juristas que teólogos. Tras el edicto de fe, que incoaba el proceso, una gran cantidad de personas desfilaban ante el tribunal. El reo no sabía de qué se le acusaba. El tormento estaba institucionalizado y regulado, para facilitar las confesiones, especialmente en los casos en que se sospechaba que el reo era calificado como diminuto, porque no decía toda la verdad. Se aplicaba el Directorium Inquisitorum o Manual para Inquisidores. Los secretarios lo registraban todo, incluidos los lamentos: “Ay, ay, ay, dejadme por Dios”.8

Hubo otros arzobispos de Sevilla que fueron inquisidores generales, tal era la preponderancia de la ciudad en materia inquisitorial. Incluso el inquisidor dominico Torquemada, significado promotor de la idea, rechazó el arzobispado hispalense. Fray Diego de Deza fue muy formalista, reglamentando nuevos supuestos y ordenando el uso generalizado del Directorium Inquisitorum.9 Tras Deza fue inquisidor general en 1523 Alonso Manrique de Lara, relacionado, como Mendoza, con la lírica, porque era hermano de Jorque Manrique, el que dedicó sus coplas al padre de ambos, Rodrigo Manrique, maestre de Santiago. Fue inquisidor general el mismo año. Vino a Sevilla en 1526 para preparar la boda del emperador con Isabel de Portugal. La influencia de Erasmo en Carlos provocó una cierta crisis en la Inquisición, contraria a la filosofía del de Rotterdam. Otro fue fray García de Loaysa, dominico salmantino, presidente del Consejo de Indias y defensor de la libertad de los indios, que acompañó a Carlos V en su nombramiento como emperador. En 1539 fue nombrado arzobispo de Sevilla, en 1540 fue comisario general de Cruzada, en 1541 entró en la capital hispalense y en 1546 fue nombrado inquisidor general. Ese mismo año murió.10

Retrato del arzobispo Valdés
Fernando de Valdés y Salas no fue un arzobispo inquisidor, sino un inquisidor arzobispo. Nombrado general en 1547, había tomado posesión de la sede episcopal sevillana el año anterior, pero solo estuvo aquí de 1550 a 1551. No dejó un grato recuerdo. Incluso pretendió encausar a dos miembros del Cabildo.11 En 1554 promulgó la Censura Generalis que impedía imprimir libros sin que los examinara la Inquisición. Aunque había caído en desgracia como inquisidor, en 1561 redactó las Instrucciones al Santo Oficio, que se imprimieron ya en 1612. Sus Índices de libros prohibidos incluían obras, no ya de Erasmo, sino incluso de san Juan de Ávila, san Francisco de Borja y fray Luis de Granada.12

Retrato del cardenal Niño de Guevara
(El Greco)
www.wikipedia.org
Y luego estuvo Fernando Niño de Guevara, inquisidor general en 1599, arzobispo de Sevilla en 1600 y luego cardenal. A él se debe la orden de hacer que las cofradías de Sevilla fueran a la Catedral y las de Triana a Santa Ana. Como inquisidor se caracterizó su intransigencia y contundencia, hasta que tuvo que renunciar al cargo de inquisidor en 1602, pese a lo cual en 1604 predicó unas disposiciones para el control de los moriscos.13

Pero, por debajo de tanta grandilocuencia institucional, el secretismo imperaba en las actuaciones de la Inquisición, hasta el punto de que los inquisidores eran llamados “los mátalas callando del puente”. La delación era obligatoria y estaba protegida. La difamación se convirtió en rutina y el miedo se hizo una obsesión. Afloraron las traiciones, los odios y los rencores. La figura del malsín, el delator, estaba inculcada en las entrañas de la población, cuyo encanallamiento llegó a extremos increíbles. El prejuicio de la pureza de sangre se extendió a la leche, con lo que las matronas sospechosas de tener sangre judía se quedaron sin trabajo. Había que librarse de la mala leche. Por otra parte, se calculaba que un 6% de los españoles estaban “contaminados” por llevar sangre judía, por lo que se crearon los registros de los “libros verdes”. Era imposible procesarlos a todos, pero había que hacer lo que se pudiera.14

Título de familiar del Santo Oficio otorgado
por el Tribunal de la Inquisición de Sevilla
a favor de Alonso de Acosta y Castilla.
Se aprecia la Cruz de Calatrava.
Archivo Histórico Nacional
www.españaescultura.es
La Inquisición contaba con los llamados familiares, voluntarios para labores de inspección y denuncia. En Sevilla, como en otras localidades, los familiares integraban la cofradía de San Pedro Mártir. Como tenían que tener pureza de sangre, fueron muchos los caballeros de las órdenes militares de Calatrava, Alcántara y Santiago, que fueron también familiares del Santo Oficio.15

Y, además, dentro de este ambiente de secretismo, se dice que existió, a la sombra de la Inquisición, una organización secreta criminal, llamada la Garduña, que nació en Toledo realizando trabajos para la Inquisición, y que se desarrolló –cómo no– en Sevilla y en el momento del Imperio, al socaire del Puerto de Indias. Se dice que fue una sociedad esotérica, en la que se ingresaba tras un cierto proceso de iniciación, en un momento de conflictos y vacíos de poder, en el que el asociacionismo era una necesidad, y la picaresca, a menudo, la única salida.

Casa de la calle Betis, esquina a
Troya, en la que Cervantes situó la
 escena del patio de Monipodio
en Rinconete y Cortadillo
La Garduña habría sido una organización opuesta simétricamente a la Santa Hermandad, la policía rural de los “mangas verdes” que tanto favoreció la autoridad real frente a los nobles, aunque llegara a menudo tarde.16 Los nombres de los cargos y oficios de la Garduña tenían un punto sarcástico: estaban el hermano mayor y los capataces territoriales, que solían ser señores respetables de doble vida; estaban los punteadores (asesinos), floreadores (ladrones), postulantes (recaudadores), muñidores (organizadores de timbas para estafar a un “payo”), fuelles (aprendices y chivatos), soplones… y las mujeres, coberteras (provocativas en la calle para distraer a los incautos) y sirenas (prostitutas y sirvientas delatoras).

La Garduña adquirió una importancia económica grande. Actuaba con una gran impunidad, como un servicio secreto de espionaje interno y un brazo ejecutor de la Inquisición, pero también del poder civil y, probablemente, también de la propia corona, aunque fuera indirectamente. Si hacía falta un falso testimonio, allí estaba la Garduña. Si hacía falta una extorsión velada, allí estaba la Garduña. Para qué seguir enumerando la tipología de encargos, aparte de las acciones que la propia Garduña realizaría por su cuenta.17

Como no convenía dejar rastros, no había documentos, pero la palabra era sagrada y el secreto era consustancial. Quizá fue la Garduña la primera omertà. La traición a sus reglas no escritas se pagaba con la vida. El acto de pasarse el pulgar por la mejilla se convirtió en signo de amenaza. Parece, de todas formas, que algún hermano mayor cedió a la tentación de dejar por escrito su “Libro mayor” de ocho puntos, entre los que se especifica que “los floreadores vivirán a costa de sus uñas con un tercio de sus negocios y dejarán algo para las ánimas del Purgatorio”. Porque los cofrades de la Garduña eran muy devotos de las Ánimas.18 La Garduña, la sombra de la Inquisición, su lado oscuro (!), habría tenido su sede sevillana en Triana, a la sombra alargada del castillo de San Jorge, dando fachada al río –para poder huir con facilidad, llegado el caso–, en la casa en la que Cervantes situó su patio de Monipodio, en la actual calle Betis, cerca de la parroquia de Santa Ana.19 Precisamente consta que en 1566 se fundó en Santa Ana la primera cofradía de Ánimas del Purgatorio de Sevilla.20

¿No es lo más lógico pensar que Cervantes se basó en hechos reales para escribir su Rinconete y Cortadillo,21 teniendo además en cuenta el tiempo que pasó en la cárcel de Sevilla? ¿A alguien podría extrañarle que existiera una organización que hiciera trabajo sucio por encargo? No se ha probado la existencia de la Garduña, pero ¿nos vamos a creer que en Sevilla y en el Imperio no hubiera desde los distintos poderes iniciativas de controlar la picaresca?22

En el opulento Renacimiento sevillano había no una sino muchas Sevillas. Y muchas Trianas.



1. Demurger, Alain. Auge y caída de los templarios. Eslava Galán, Juan. Historias de la Inquisición. Se recomienda leer el artículo núm. 5 de esta serie, titulado …Y para la cruz blanca y negra de los perros del Señor.
2. Evangelio de San Juan, 15, 6
3. VV.AA. Historia de la Iglesia de Sevilla. Sánchez Herrero, José. 3ª parte. Sevilla del Renacimiento
4. Eslava Galán, Juan. Ob.cit. Se recomienda la lectura del artículo Sevilla católica, apostólica… y romana, núm. 4 de la serie Sevilla y las ocho beatitudes de san Juan, de este blog.
5. Barrios, Manuel. Álbum de recuerdos, ABC de Sevilla 15-03-97
6. Las cárceles de la Inquisición sevillana (www.personal.us.es). Mal Lara, Juan de. Obras completas
7. Cantar de los Cantares, 2,15. Se recomienda leer el artículo El oro y la plata, la reverencia de los reyes y el humanismo imperial, todo para la gran reina, núm. 7 de la serie Sevilla salomónica, de este blog.
8. Eslava Galán, Juan. Ob.cit. La refª a Aymerich, Nicolás y Peña, Francisco. Manual para Inquisidores, es citada también por Eslava Galán, Juan en la misma ob.cit.
9. Ibíd. 8. Gil, Juan. Los conversos y la Inquisición sevillana. Se recomienda la lectura del artículo anterior en este blog, titulado Un nuevo mundo.
10. Ibíd. 3
11. Ibíd. 3
12. González Novalín, José Luis. El inquisidor general Fernando de Valdés (1483-1568). Su vida y obra
13. Ibíd. 3. Carrero Rodríguez, Juan. Anales de las Cofradías Sevillanas. Eslava Galán, Juan. Ob.cit.
14. Eslava Galán, Juan. Ob.cit.
15. Salazar y Castro, Luis de. Pruebas de la historia de la Casa de Lara... También Dejar hablar a los textos. Homenaje a Francisco Márquez Villanueva, edición de Piñero Ramírez, Pedro M.
16. Ladero Quesada, Miguel Ángel. La Hermandad de Castilla: cuentas y memoriales
17. Arsenal, León y Sanchiz, Hopólito. Una historia de las sociedades secretas españolas.
18. Por su curiosidad, reproduzco los ocho puntos del “Libro mayor”, extraídos de www.wikipedia.org:
 1. Bueno ojo, buen oído, buenas piernas y poca lengua.
 2. Recibir bajo protección a mujeres que sufran persecución por la Justicia.
 3. Los chivatos no podrán, en su primer año de noviciado, montar “negocios por sí solos.
 4. Los punteadores se encargarán de los negocios de más cuantía.
 5. Los floreadores vivirán a costa de sus uñas con un tercio de sus negocios y dejarán algo para las ánimas del Purgatorio.
 6. Los encubridores recibirán el diez por ciento de todas las sumas.
 7. Las sirenas se quedarán los regalos de los nobles.
 8. La regla máxima será “antes mártires que confesores”.
19. Se recomienda la lectura de los artículos 2, 7 y 11 de la serie de este blog La casa de la Pajería y sus circunstancias.
20. Matute y Gaviria, Justino. Aparato para describir la Historia de Triana y de su Iglesia Parroquial, citado por Sánchez Herrero, José en Las cofradías sevillanas. Los comienzos, dentro de Las cofradías de Sevilla. Historia, antropología, arte (VV.AA.)
21. Cervantes Saavedra, Miguel de. Rinconete y Cortadillo
22. Arsenal, León y Sanchiz, Hopólito, Ob.cit. También La Garduña, sociedad secreta de delincuentes (www.guardiacivil.eu5.org)